jueves, 8 de diciembre de 2011

46 cosas que hago porque soy hombre

1. No pregunto direcciones.


2. Ese partido de fútbol es más importante que cualquier cosa.

3. Me creo dotado genéticamente para trabajos de electrónica, plomería y en general reparaciones locativas.

4. Yo manejo cuando voy con mi pareja, independientemente de quien sea el dueño del carro.

5. Para otros, solo cocino platos exóticos o aso carne.

6. No exteriorizo lo que siento.

7. Solo digo a un amigo cuanto lo estimo media garrafa después.

8. No me interesan los detalles, solo la esencia del chisme.

9. Puedo oír, asentir y hasta carraspear durante 30 minutos, sin escuchar una sola palabra de lo que dice mi pareja.

10. Si le digo algo bonito a una mujer que no sea abuela, madre, hija, esposa, hermana o cualquier otro grado similar de consanguinidad, una parte de mí piensa en sexo.

11. El caso anterior excluye, algunas veces, a mi pareja.

12. Invierto mi dinero extra –o el que debería financiar necesidades básicas– en herramientas y dispositivos electrónicos.

13. Si no echo por lo menos un madrazo al día me siento incompleto.

14. Veo telenovelas, pero no lo acepto.

15. No hablo de la apariencia física de otros hombres.

16. Por lo menos una vez en mi vida me he peleado a puños con alguien.

17. Tomo cerveza, así no me guste.

18. Nunca me meto en pelea de mujeres.

19. Quiero a mi mujer, pero mi mamá llegó primero.

20. No le abro el paraguas a una llovizna.

21. El examen de próstata es uno de mis temas tabú.

22. Si tengo frío, me aguanto; si tengo calor, me aguanto; si hace mucho viento, me aguanto. ¿Y si me preguntan? Estoy bien, gracias.

23. Pongo la plata, que ellas compren.

24. Olvido fechas importantes, a menos que sea un partido de fútbol.

25. Compro ropa en minutos.

26. Cuando tengo que permanecer en casa en horas laborales soy insoportable.

27. Como rápido y en silencio.

28. Voy al baño solo y limito la conversación con mis compañeros de orinada a monosílabos.

29. En reuniones de familia extendida armo parche con todos los esposos de mis cuñadas.

30. Destapo frascos.

31. Así sea con plata de ella, yo pago.

32. Las únicas decisiones que tomo relacionadas con decoración de interiores son presupuestales.

33. Realizo pocas labores domésticas, tal vez una sola, pero en ella soy obsesivo y perfeccionista a extremos insoportables.

34. Me gustan las sillas grandes.

35. Tengo por lo menos una prenda de vestir vieja, sucia y arrugada que periódicamente debo rescatar de la basura.

36. Odio la afeitada diaria, aunque cuando era adolescente soñaba con llegar a ella

37. Rezo, pero callado.

38. Canto, pero borracho.

39. Odio ir al médico y en lo posible, solo lo visito cuando me tienen que llevar.

40. Me gustan las cosas que hacen ruido, desde triquitraques hasta carros de motor grande.

41. Sudar es bueno

42. Oler feo en determinadas circunstancias es un orgullo.

43. El control remoto del televisor es míooooo.

44. Cambio de canal, y cambio de canal y cambio de canal... hasta volver al canal inicial, y cambiar de canal.

45. Cualquier color menos rosadito

46. Incluyo algunas rutinas de belleza en mi jornada diaria. Nadie lo sabe y no estoy dispuesto a reconocerlo en ninguna circunstancia.

sábado, 5 de noviembre de 2011

María no se quiere ir

El amor es una desgracia con buena prensa. Quienes gastaron, gastan y gastarán cantidades navegables de tinta –o, en los últimos tiempos, suficientes bits, megas y gigas para ir al extremo del universo y volver– elogiando el sublime sentimiento, nos están poniendo conejo. Intencionalmente ignoran la parte menos sublime, menos heroica, menos romántica del sentimiento sublime. Nos referimos, como no, a la traga maluca.
 
Ignoro cómo le dirán en otra parte, pero aquí la tenemos clara. Así que no gastaremos pantalla en definiciones. Y sabemos que traga maluca es como cucaracha. No importa cuántas matemos, siempre reaparecen. Y en los lugares más inesperados.
 
¿Ejemplos? Veamos lo que le pasa a Antonio, o a Toño, como insisten en llamarlo algunos amigos. El caballero de marras sufre una típica traga maluca, en la que la susodicha, para decirlo suavemente, lo ignora (a duras penas sabe que existe, para ser exactos). Y se llama María, hecho aparentemente intrascendente, pero… mejor les explico.
 
Un día Toño tuvo un acto sublime de valor y decidió olvidar a María como fuera. En serio… No, es en serio. Aprovechó, –tampoco era tan heroico– un alejamiento temporal por cuestiones laborales que no vienen al caso. Escenario perfecto para buscar opciones, y alejar el pensamiento de…
 
¿Alguna vez se han puesto a pensar cuantos nombres compuestos tienen a María abriendo o cerrando la denominación? Toño tampoco. Pero cuando intentó buscar alternativas que borraran a la ausente de su pensamiento se encontró conectado con Ana María, chateando con Maria José, bailando con Adriana María, compartiendo tardes con Maria Julia, trabajando con Maria Isabel, y planillado para estas y otras actividades con Maria Helena, Maria Alejandra, Maria Angélica, Maria Antonia, Maria Camila, Maria Carolina, Maria Cecilia, Maria Claudia, Maria Cristina, Maria del Carmen, Maria del Pilar, Maria Elvira, Maria Victoria, Maria Virginia y Maria Teresa las cuales, sin excepción, gustaban de ser llamadas por sus nombres completos.
 
El plan B era renunciar –de momento­– a la compañía femenina y dedicarse a cosas de hombres. Así que fue a partido con un grupo de amigos que incluían a José María, se emborrachó con Jesús María y otros y pasó una tarde jugando tejo en la cancha de don Mariano.
 
Ante la constante presencia terrenal del nombre, creyó encontrar alivio en ámbitos más espirituales. Buscó refugio en la religión. En la de sus padres. En la que enmarcó los ritos de su infancia. En aquella que, para su desgracias ante la situación específica era la Católica, Apostólica y Romana. La de la Virgen María en todas sus expresiones, apariciones, versiones, encarnaciones oraciones y manifestaciones.
 
Luego del fracaso de lo trascendente, optó por fórmulas más terrenales. Las del ermitaño. El encierro aislamiento. Como a la media hora estaba más aburrido que un domingo por la tarde, decidió encender la radio. El dial recorrió sucesivamente una emisora de rancheras (Maria de los guardias) una de música clásica (Ave María de Shubert), una de baladas (Ave María de Rafael) una de vallenato (Maria Teresa) una de rock Maria Maria… y así sucesivamente.
 
Con la televisión ni siquiera lo intentó, previendo que si lo encendía, automáticamente llegaría a algún canal de telenovelas programado con Simplemente María, María la del barrio o María Belén. Asi que decidió salir a caminar evitando todo tipo de compañía, solo para descubrir que vivía en cercanías del hotel Maria Isabel, la panadería la María, la tienda de Las tres marías, junto al vecino aficionado a emisora Mariana, y en la calle de María Inmaculada. Una conversación con el abuelo desprogramado de la casa de enfrente terminó evocando al legendario futbolista del Cali Ángel María Torres, a los descubrimientos científicos de Marie Curies, a la ideología del político peruano Mariategui.
 
Resignado anduvo sin rumbo fijo hasta que sintió hambre. El destino lo llevó hasta una tienda cuyo nombre ni siquiera miró. Como el estómago comenzó a ponerse exigente a nivel volumétrico, pensó en complementar las papas en paquete con algo que tuviera más cara de comida y menos de pasaboca, pero lo único disponible eran frijoles enlatados.
 
Es cosa sabida que los frijoles fríos son sinónimo de peligro, situación testimoniada en incontables dichos populares. Hora de pedirle cacao al tendero se mostró servicial, colaborador e incluso planteó opciones -
 
“Claro, se los caliento en una sartén… ¿o al baño de María?