martes, 28 de julio de 2015

Aerogol glusabroso


La idea del publicista parecía excelente. En el momento del partido definitivo, de la final del campeonato, con el estadio a reventar, un parapentista pasaría por encima del escenario deportivo, arrastrando una pancarta de “Tome Glusabroso”. El mejor lanzamiento posible para  la bebida del siglo XXI.

Todos los problemas logísticos fueron solucionados. Los permisos de las autoridades. La ubicación y contratación del parapentista. El alquiler del avión. Las cuñas en la radio para que, en el momento indicado, avisarán al público que mirara hacia el cielo.

Pero el día del gran lanzamiento, oscuros nubarrones complicaron el panorama. Comenzó con una llovizna suave en la madrugada, que hacia las 10 de la mañana ya era tremendo aguacero. El publicista comenzó a ponerse nervioso. Al mediodía cuando las aguas arreciaron con furia sobre la ciudad y el estadio, ya se había fumado tres paquetes de cigarrillos de chocolate, porque precisamente la semana anterior había decidido dejar de fumar.

Eran las dos de la tarde cuando los elementos se calmaron, aunque gruesas nubes continuaron interponiéndose entre la gramilla y el sol. En el aeropuerto, piloto y parapentista respondieron con un “esperemos” a la pregunta del - a esas alturas - publicista embutido de chocolate. Y el reloj siguió corriendo hasta que la radio anunció el comienzo del partido...

...Faltaban 30 minutos para que el encuentro terminara. El equipo local ganaba uno por cero. El empate le bastaba al visitante para llevarse el campeonato. La torre de control finalmente autorizó el vuelo. Pasaron 15 minutos entre encendido, carreteo y despegue.

Entretanto, el visitante atacaba. Los locales se defendían con uñas y dientes, en inferioridad numérica a causa de las expulsiones. El público se comía las uñas, y le gritaba al hombre de negro, “¡Tiempo!” Nada podía quitar su atención del campo.

Por eso ni ellos, ni los jugadores, ni el arbitro, ni los camarógrafos, ni los fotógrafos le prestaron atención al parapentista que empezó a volar en círculos alrededor del estadio con su pancarta de “Tome Glusabroso" arrastrada a sus espaldas.

Solo una persona reaccionó. Durante cinco segundos, el arquero local levantó la mirada. Suficiente para que los delanteros rivales le hicieran el gol del empate. Y suficiente para que toda una ciudad se pusiera de acuerdo en una cosa.

Aquí nadie toma Glusabroso.

jueves, 23 de julio de 2015

Como ser caro y malo pero próspero. ¡La película!


Hace poco leí la diatriba de un bloguero indignado contra los abusos de algunos restaurantes. Contenía muchos argumentos, como por ejemplo un caldo a 20 mil (o un poco más) pesos, o un lugar donde se negaron a empacar media porción –porcionsota, al parecer- de carne que alguien no había consumido. Los comentarios de los lectores ratificaban la situación o narraban anécdotas similares.

En una economía de mercado, donde rigen principios de oferta y demanda, este tipo de negocios deberían tener sus días contados. Si son exageradamente caros pues es obvio que la gente acudirá máximo una vez y jamás regresará y el propietario tendrá que escoger entre racionalizar sus precios o cerrar.

No, no es obvio. En vez de acabarse, prosperan. Es como de película, así que propongo los siguientes argumentos para explicar el singular fenómeno.

El uno. Estos negocios son tan costosos, que con un cliente diario que caiga, tienen para pagar sus gastos y generar ganancias. Y el usuario se siente en un ambiente exclusivo

Fama. Los cocineros, personas muy respetables que hacen un oficio valioso para la sociedad se volvieron superestrellas. Y a la gente le gusta andar cerca de las superestrellas. Así terminen estrellándose con supercuentas irracionalmente altas.

Retroceder nunca, rendirse jamás. Después de entrar, sentarse, pedir la carta y ver los precios… son pocos los valientes dispuestos a reconocer la irracionalidad de los mismos, pararse e irse a buscar un sitio más barato.

Retroceder nunca, rendirse jamás II: Algunos restaurantes tienen una copia de la carta en su puerta, que permite conocer precios sin necesidad de pasar por el rito anterior. Pero hay quienes ni siquiera así se atreven a dar el paso atrás.

Todo por tu amor. No existe límite en lo que un hombre enamorado –o con intenciones horizontales para con su compañera de turno – está dispuesto a hacer. Es más fácil pedir frente a un plato de nombre raro y costo irracional que frente a un corrientazo. Claro que pedir no significa recibir. En asuntos de pareja mediado por la gastronomía, lo único seguro es la cuenta.

Los otros. Ellos miran la cuenta. Usted no. Ellos consultan el precio y el bolsillo antes de pedir. Usted no. Ellos se preocupan por el saldo y la cuota de su tarjeta de crédito. Usted no. Como usted alguna vez –no necesariamente lejana- estuvo con ellos, ahora se siente obligado a demostrar que superó esa etapa. Ellos son un cliente para el dueño del restaurante, usted es una maravilla.

Las apariencias engañan. Usted no va allá a comer pero como es un restaurante toca pedir comida, y como en los restaurantes cobran toca pagar, Usted va allá a ver quién está ahí y a que lo vean los que están allí, porque este es el sitio adonde debes ir para que te vean porque si no te ven es como si no estuvieras. (…o algo así)

Cobardes. Nunca se supo quien propuso la idea. Lo cierto es que un grupo social –familia, amigos, compañeros de trabajo, turistas- terminan en el sitio. Todos, sin excepción, lo ven demasiado costoso. Todos, sin excepción, rebasan su presupuesto. Todos, sin excepción, tienen en la mente alguna opción. Pero ninguno habla. Sin excepción. Así que todos, sin excepción, comen, pagan, se descuadran y culpan al genio anónimo que los llevó a ese sitio tan caro del que ninguno se atrevió a escapar.