martes, 29 de septiembre de 2015

Ventajas y desventajas de una cara estrato 1


El señor Armendiosa, profesional exitoso, ha construido un patrimonio económico gracias a años de trabajo honrado y esfuerzo personal. Pero tiene cara de pobre.

Él financió sus estudios profesionales con una combinación de crédito educativo y apoyo familiar y simplemente ha aprovechado –en el buen sentido de la palabra– las oportunidades que le ha dado la vida. Pero no importa cómo se vista o donde esté, la primera impresión que genera en cualquiera es que se trata de un tipo de bajos recursos.

Nunca ha entendido por qué. Es la forma de mirar, la proporción entre los elementos del rostro, los rictus o muecas o, qué se yo, el tamaño de las orejas, la simetría entre los dos lados del rostro o el ángulo de inclinación de las fosas nasales.

Podría considerarse que una condición como la descrita es una especie de maldición. No es cierto. Tiene sus desventajas pero las ventajas, como el señor Armendiosa ha podido comprobarlo a lo largo de su vida, son bastantes.

Los mendigos lo ignoran. En la fila le piden dinero al que está detrás y al que está enfrente. En los buses los vendedores le dan la muestra al compañero de silla. A él no. En calle, parque, plaza o pueblo, para cualquier persona dedicada a vivir de la generosidad ajena solo basta una mirada para descartarlo como posible cliente. Sin embargo, siempre que pasa cerca de alguna institución o entidad donde hacen algún tipo de caridad, servicio social u asistencial, alguien lo invita a seguir.

El entusiasmo o apatía generado por su presencia cambia si sus requerimientos de bienes o servicios suben de nivel. Al visitar centros comerciales y almacenes de estratos medios y altos es sistemáticamente ignorado por los vendedores, pero suele ser muy popular entre otro tipo de personal, el de seguridad, que no le pierde pista.

Durante su juventud aprendió que aquellos lugares de rumba donde se reservara el derecho de admisión estaban vedados para él. Aún hoy, ya retirado de baile, trago y similares, en restaurantes de los finos y caros solo dispone de acceso garantizado si va con alguien, y tiene el don de la invisibilidad para el gremio de los meseros.

Y aunque no está seguro, parece generar el mismo efecto entre el gremio antisocial. Primero porque nunca ha sido robado, atracado, cosquilleado o similares. Y segundo por múltiples historias transcurridas en noches oscuras y solitarias cuando va por una calle, más oscura y solitaria todavía, algunas veces pasado de tragos.

De repente aparecen uno, dos o más tipos malencarados que se le acercan con evidentes malas intenciones, las manos en los bolsillos o empuñando objetos amenazantes.  En el momento en que la distancia les permite distinguir los rasgos de nuestro protagonista, el desenlace es invariable. Si el sujeto va solo, lanza una mirada rápida e inquisitiva. Si hay más de uno murmuran algo entre ellos. Y simplemente se van.

Solo una vez pasó algo diferente.

El malencarado de turno le regaló unas monedas porque “a usted le hacen más falta que a mí”.

jueves, 24 de septiembre de 2015

Desarreglos caseros


Antes, el hombre de la casa se encargaba de las finanzas familiares. Hoy, por cuenta de la inflación, eso es imposible para un solo sueldo.

Antes, el hombre de la casa era una figura autoritaria que imponía respeto (y miedo) a los hijos. Hoy, por cuenta de la psicología infantil, y las tendencias educativas, tiene suerte si logra que lo oigan.

Antes, el hombre de la casa daba órdenes y tomaba decisiones importantes. Hoy, por cuenta del feminismo, a lo más que puede aspirar es a una democracia, bajo el signo del sí, del ¡Sí señora!

Sin embargo, el hombre de la casa todavía tiene un ámbito propio e intocable, aunque con variantes respecto a su versión original. Antes, el hombre de la casa hacía reparaciones locativas. Hoy hace estragos locativos.

Toda mujer considera que su hombre tiene habilidad innata para reparar objetos, instalaciones y máquinas dañadas en el hogar. Es la lógica de arréglelo porque usted es hombre.

El problema es que algún instinto prehistórico metido entre los genes masculinos provoca una reacción irracional ante las peticiones de este tipo, y en vez de dar una respuesta razonable como “llamemos un técnico”, el sujeto de turno no sólo dice que sí, sino que trata. Es la lógica de soy capaz de arreglarlo porque soy hombre.

Los resultados de los ejercicios empírico-machistas de plomería, electricidad, y electrónica suelen ser en su orden inundaciones, cortos circuitos y equipos costosos con daños irreversibles.

Los más racionales (o sea los menos abundantes) se declaran vencidos al primer fracaso y de ahí en adelante consultan las páginas amarillas. El resto sigue experimentando, lo que traduce dañando, rompiendo, arruinando, e inutilizando objetos e instalaciones con una caja llena de herramientas inadecuadas.

Pero lo más grave es que ese rompehogares -literalmente hablando- alguna vez durante su ejercicio de destrucción de fin de semana le pide ayuda a su hijo, quien le alcanza una herramienta, lo oye maldecir, y lo acompaña a buscar al técnico para que arregle lo que su padre estaba “arreglando”. De todo esto, sólo el recuerdo vago de que el hombre de la casa “arreglaba” cosas quedará por allá, perdido en el subconsciente, hasta cuando su propia esposa o compañera pregunte, como quien no quiere la cosa

¿Será que tú puedes arreglar esto?