jueves, 29 de octubre de 2015

Cacarear 2.0


Hace miles de años, por razones que les dejo a los zoólogos y demás profesionales que sí saben de eso, algún antepasado del Gallus Gallus Domesticus, (hembra ella, para más señas) creó la Internet 2.0

No, no había redes sociales. No, no existía la WWW. No, no había radio, no había televisión, ni siquiera periódicos, Y la protagonista, por razones obvias, no era que tuviera muchos medios de expresión. Pero lo que hizo abrió el camino para lo que hoy en día se replica a través de millones de dispositivos entre computadores, tablets, teléfonos, televisores inteligentes, relojes y gafas. Cacarear

De ese histórico acto, cuya autora primigenia ha sido olvidada por la historia, queda un dicho popular que resume el estilo de vida del mundo moderno “lo importante no es poner huevos, sino cacarearlos”.

Los usuarios de la tecnología de información y comunicaciones no ponen huevos –creo– pero trabajan, se reúnen con amigos, recorren el mundo y recorren el barrio. Tienen hijos que nacen, crecen, cumplen años, hacen la primera comunión, desarrollan talentos, se gradúan como 20 veces y hacen monerías. Y siguiendo el ejemplo de nuestra gallina sus padres cacarean constantemente cada uno de estos momentos.

No es necesario aletear los brazos al ritmo del cocorocó. Miles de millones –un jurgo, mejor dicho- de textos, mensajes, fotos y videos en las plataformas le cuentan al mundo sobre rutinas, logros o gustos propios o familiares. Ahora, una cosa es contarle al mundo, y otra que el mundo haga caso. Lo que en un principio era divulgación de logros ha ido evolucionando a una competencia por acumular comentarios, “me gusta”, retuiteos, visitas, caritas felices o pulgares arriba. La meta es una sola: ser virales.

Eso de ser viral era como maluco hace años. Viral viene de virus, que suena a enfermedad contagiosa y epidemia. Pero ahora el sueño de cualquier usuario de redes sociales es competirle a los microbios. Que su mensaje, su foto, su video, se riegue por el mundo como la peste. Tener sus 15 minutos de fama (u 11, que es el promedio de un trending Topic en twitter (dato sacado de aquí, gracias Mario)

Ahora, hay gallinas que ponen y cacarean pero se dedican a otras cosas, mientras que otras necesitan que su ovíparo acto se difunda lo más posible para poder subsistir.  Aceptemos que este comportamiento es comprensible y necesario para quienes viven de un público como vendedores, polìticos, cantantes, actores y modelos. Pero en otro tipo de expresiones artísticas y laborales se supone que el huevo se defendía solo.

Ya no. Los escritores, directores de cine, escultores, pintores, teatreros, periodistas, fotógrafos, blogueros, médicos, investigadores, políticos, ingenieros, arquitectos y demás subespecies están obligados a armar tremenda bulla cada vez que producen algo y si la bulla incluye algún ingrediente escandaloso, preferiblemente sexual –un beso entre colegialas, bastante gente sexy medio empelota o una mujer desnuda sobre una bola de demolición– mucho mejor

Curioso mundo este donde todo el mundo quiere ser gallina.

Si no cacareas, no existes. 

martes, 27 de octubre de 2015

Invertir en el silencio


Por enésima vez, un vecino encara al joven. Por enésima vez, educadamente se le pide que baje el volumen de la música. Por enésima vez se le explica como el alto volumen afecta la calidad de vida, el sueño de la gente e incluso su salud. Y por enésima vez el interpelado, con su habitual desparpajo y su tono digamos, caribe, responde algo así como “pero vecino, no entiendo porque a ustedes no les gusta la alegría”.

Al igual que todos los residentes, el interlocutor de turno conoce la traducción: “voy a seguir oyendo música y solo la callaré si viene la Policia, aunque cuando esta se retire la música volverá”. El vecino pone cara de circunstancia, mira al joven directamente a los ojos y en tono solemne anuncia… “Yo no quería hacer esto, pero usted nos obligó”…

Y antes del desenlace, veamos los antecedentes. La mayoría de los habitantes del edificio son parejas cuyos hijos ya armaron su vida. La edificación pasó por etapa de niños, de adolescentes, de jóvenes y ahora está en etapa de adultos mayores.

Los adultos mayores prefieren la tranquilidad. La que reinó hasta cuando una familia compró apartamento para que su hijo estudiara en la capital. El joven resultó aficionado –como mostraba la evidencia de todos los fines de semana– a la música estridente hasta el amanecer, acompañado de amigos con gustos similares. Ahora, en honor a la justicia hay que decir que el hombre sería escandaloso, pero grosero no era. Ningún vecino o celador de los que se han turnado en hacerle el reclamo ha recibido respuestas agresivas o disonantes. Pero la música no baja.

Como las autoridades competentes solo solucionaban momentáneamente el problema, los vecinos, cansados, se reunieron en asamblea extraordinaria. Claro, había opciones legales que implicaban un buen pleito; largo, aburridor y costoso. Don Gómez, del 501, preguntó si se podía contactar a los propietarios del inmueble. La respuesta fue que los dueños, es decir los padres del joven, sencillamente no creyeron que su muchacho fuera tan irresponsable. Y Don Gómez no dijo más y durante unos días nadie lo vio por ahí.

Don Gómez, por cierto, parecía tener una posición económica bastante holgada. Él no hablaba mucho del tema con sus vecinos, aunque alguna vez soltó una máxima que resumía sus finanzas personales. “Plata invertida, pero bien”.

A propósito de Don Gómez, él es quien está frente a frente con el joven. El vecino es viejo, pero grande. Los amigos del joven acuden a  la puerta, porque perciben algo amenazante. Gómez,  con un movimiento rápido se corre hacia la derecha. Detrás de él aparece una mujer de edad indefinible, delgada, de aspecto frágil y rostro arrugado.  Minutos después los amigos del joven salen corriendo del apartamento para nunca volver. Y al interior solo se oye la cantaleta interminable de la señora, mientras que, de vez en cuando, el joven intenta intervenir, sin poder pasar de un “…pero mamá”.

Al día siguiente, en improvisada asamblea extraordinaria de vecinos el exrumbero pidió excusas, y se comprometió, lo que cumplió a cabalidad, a terminar sus jaranas semanales. Don Gómez no fue a la reunión. El viaje hasta el pueblo del joven, la búsqueda de su familia, la invitación a la capital para la madre, y la representación en la puerta del apartamento lo habían dejado cansado, y un poco menguado en sus ahorros.

Pero esa plata estuvo bien invertida.