martes, 24 de mayo de 2016

Los 22 indicadores de crecimiento


Grande no era sinónimo de adulto, grande era el que ya había pasado por eso. Desde ese primer momento que nuestra mente es capaz de recordar, siempre hubo algo que los otros hacían, pero nosotros no. Y cuando digo los otros me refiero al vecino –el que nos llevaba dos años de ventaja– al primo nacido pocos meses antes que nosotros o, referente obligatorio, a los hermanos mayores. Ocasionalmente, a los papás también.

Y es que los indicadores de gestión no son un invento de administradores.  Son un reflejo de la vida. Todos, a medida que crecimos, íbamos llenando nuestra propia  tabla de hitos los cuales demostraban, lenta pero incuestionablemente, nuestro ingreso triunfal al gremio de los grandes.

Las tablas de pesos y estatura son problemas de pediatras. Las etapas de desarrollo – niñez, prepubertad, pubertad, adolescencia– materia prima para psicólogos. Los grados  escolares asunto de pedagogos. Nuestra propia escala evolutiva desde bebé hasta crecido se sustenta en la primera vez que…


  1. Fuimos solos al baño y despachamos la diligencia respectiva sin necesidad de operativos  especiales de aseo.
  2. Prendimos un fósforo sin quemarnos.
  3. Marcamos un número en el telefono de disco y salió la llamada.
  4. Fuimos capaces de leer la hora en un reloj de manecillas.
  5. Alcanzamos la manija de la puerta.
  6. Dormimos solos la noche completa.
  7. Pasamos a la silla de adelante en el carro.
  8. Montamos en bicicleta sin ruedas de apoyo y, lo más importante, sin caernos
  9. Dejamos atrás los cuadernos ferrocarril y empezamos a trabajar con cuadernos rayados o cuadriculados.
  10. Compramos algo, prenda de vestir, juguete, golosina con la plata de mamá o papá pero a nuestro propio gusto.
  11. Nos servimos la comida –o parte de ella– solos.
  12. Escogimos lo que queríamos en un restaurante, cafetería o heladería directamente del menú.
  13. Nos amarramos los cordones de los zapatos sin ayuda y sin que se desamarraran.
  14. Nos vestimos sin ayuda.
  15. Cambiamos el lápiz por el esfero.
  16. Montamos solos en bus.
  17. Nos quedamos solos en la casa.
  18. Recibimos algún dinero para gastarlo a nuestro propio gusto.
  19. Dijimos voy para en vez de decir ¿puedo ir a?
  20. Dijimos voy para en vez de decir ¿puedo ir a?... y fuimos.
  21. Dijimos ya vengo sin tener que detallar para donde íbamos.
  22. Recibimos llave de la casa.

jueves, 19 de mayo de 2016

La venganza del profe Manrique


A Manrique le hubiera gustado decir que planeó minuciosamente la estrategia para saborear, lenta y gustosamente, el dulce sabor de la venganza. Pero no, no fue así.

Ese es el desenlace. Las historias comienzan por el principio. Manrique está en sus 30. Graduado precozmente como ingeniero, suma unos 8 años de experiencia profesional. Se vincula a la academia para hacer realidad su sueño de desarrollar una carrera docente en cierta universidad cuyo nombre no importa.

¿Ya dije que eso pasó hace 20 años? Bueno, 23. Porque lo que pasó hace 20 años fue que hubo un cambio de decano, y ajustes administrativos. Y al terminar el semestre Manrique amaneció un día con cara de ajuste. Así que la nueva administración conjugó el verbo prescindir con él como sujeto.

Hablando de conjugar, él conjugó sucesivamente y en primera persona los verbos sorprender, lamentar, enfurecer,  ofender, resignar y soñar… soñar con ese momento triunfal, donde quienes lo habían desechado lo requerirían de nuevo, y él, desde su posición favorecida, les recordaría la ignominia del pasado.

Pero en ese momento el problema era de hambre, no de venganzas. Buscando opciones incursionó en el mundo del emprendimiento. Le fue bien. Con el paso de los años se consolidó con uno de los mejores en lo suyo. Pero entre contrato y contrato a veces recordaba su salida del centro docente. Y en esos instantes –cada vez más escasos– visualizaba su desquite, con toques de humillación para quienes lo habían despedido.

Hasta que se dio. La universidad de marras estaba organizando un seminario técnico y lo contactaron por ser el experto más calificado en su área. Diría que no, por supuesto, pero con estilo. Estilo maquiavélico. Preguntaría por su verdugo, y al mencionarlo, agregaría algo así como “sabe, yo no voy a  ir al mismo sitio de donde ese señor me echó”. O mejor, exigiría que fuera él en persona quien lo contactara para decirle “no se acuerda de mí”… y soltar el discurso.  Con risa de malote de película. Ensayada.

El problema comenzó cuando indagó por su verdugo.,
- ¿Quién?
- El señor X, el decano,
- De repente fue decano alguna vez, pero no tengo idea quién es ese.
No importaba. Había otros. El rector, por ejemplo.
- Ah, sí me acuerdo, el que se jubiló.
Vicerrector académico.
- Ese sí me suena. Claro, hay una placa en su nombre, se murió hace como 10 años.
Jefe de personal.
- Sí alcancé a conocerlo,  ahora puso un restaurante o algo así,
Secretaria de la facultad.
- Teresita, claro que sigue ahí…

La fugaz sonrisa de triunfo se le borró de la cara al recordar que, precisamente, Teresita había sido la persona más solidaria y comprensiva en el momento de la crisis. Y sus sueños de venganza quedaron sepultados con el comentario final de su interlocutor.

- …de hecho, ella fue la que propuso su nombre.