martes, 14 de febrero de 2017

Acelere

En los últimos tiempos los días han transcurrido lentamente  para Julián. Cada día se ha extendido a escala kilométrica, desde esas primeras horas de la madrugada en las que el inexistente cansancio hace que abra los ojos antes de que el sol haga acto de presencia. El hombre vive uno de esos recesos laborales que van para largo. No le va tan mal. No tiene novia, esposa, amante o cosa parecida, sus amigos son escasos y nunca lo llaman, su madre es comprensiva y medio alcahueta y realmente no tiene nada que hacer.  Por eso cada minuto del día se le hace laarrrgooo.

Cuando el viejo radio reloj despertador que le ponía fondo musical a sus mañanas y le avisaba de que ya era hora de levantarse hizo corto, el hombre realmente se alegró. Algo para hacer ese día. Mentalmente planeó todas las actividades. Ir hasta la ferretería cercana—no, mejor una más lejana-. Volver a casa. Preparar los cables, reparar el aparato y ensayarlo cuidadosamente para dejarlo listo hasta el día siguiente.

De manera que se vistió para la ocasión con su pantalón roto, su camiseta desteñida y sus tenis sucios. Era la pinta diaria, muy diferente a la de las entrevistas de trabajo. La que permanecía lista para atender convocatorias que aún no llegaban. Inició su camino hacia la ferretería llevando en el bolsillo apenas lo necesario para pagar los repuestos. Total, tampoco existían rutas de buses, tampoco había afán y tampoco había plata.

Pero a punto de alcanzar su meta el celular sonó. Era de La Empresa. Esa que llevaba varios meses estudiando su hoja de vida. Esa que tenía el cargo perfecto para sus competencias y aspiraciones. Esa que había dado por perdida. Pero no. Necesitaban entrevistarlo ya. ¿A qué se refiere con ya? A que lo esperamos aquí en una hora. No puede ser otro día. El jefe se va de viaje hoy y lo necesita. Máximo en hora y media.

Media hora fue el tiempo que Julián se demoró en volver a casa al trote mar. Veinte minutos lo que tomó el baño, la afeitada y la lavada de dientes contrarreloj y cinco minutos la vestida idem para salir y 15 minutos para regresar a recoger las llaves, la billetera y el celular dejados atrás por cuenta del afán.

Apenas tenía tiempo. Tenía, porque ese bus, ese día, a esa hora se enredó en ese trancón que nunca aparecía en esa ruta. Así le constaba a Julian, usuario constante del mismo recorrido que siempre transcurría sin novedad, salvo ese dia, cuando tenía afán.

No supo como pero llegó apenas a tiempo para la cita. La buena noticia era que la entrevista fue una cosa formal, porque el puesto era de él. La mala era que necesitaban que se integrara al día siguiente. Y que había un larga lista de diligencias que normalmente se despachaban en una semana, pero él debía sacar adelante en una sola tarde. O en lo que quedaba de una sola tarde.

Así que a correr se ha dicho, de la salud a la caja de compensación al sitio donde expedían los certificados al examen ocupacional al sastre y al fotógrafo. Julián terminó agotado pero feliz ante un futuro laboral que finalmente se había despejado. Se fue a dormir con el cerebro puesto en el día siguiente, cuando se reportaría a primera hora en su nuevo trabajo. De hecho sí se reportó, pero tarde.  El radio reloj no funcionó.

Como iba a funcionar si había hecho corto y aunque Julián hizo muchas cosas el día anterior, jamás lo arregló.

jueves, 9 de febrero de 2017

Punto de información

El amigo Alfonso está condenado al movimiento. Y en lo posible irregular. Es decir en zig zag, como quien evade obstáculos o, en su caso particular, individuos. E individuas. Sujetos y sujetas, porque si permanece quieto por más de cinco segundos en cualquier lugar, o camina más de 50 metros en línea recta alguien le va a preguntar.

 ¿Preguntar qué? Indicaciones geográficas. Por razones que escapan a la comprensión del individuo, el mundo parece convencido de que él lo sabe todo, por los menos en materia de direcciones. Y de rutas. Y de ubicaciones específicas dentro de edificaciones varias con acceso libre al público. 

Entonces cuando permanece quieto en una estación de buses o de trenes o de aviones será constantemente interrogado sobre horarios, rutas, salidas, entradas, llegadas y servicios. Así su indumentaria en nada se parezca a la de un piloto, vigilante, conductor o despachador. Ni mucho menos –por razones absolutamente obvias– a la de una azafata o informadora. Por eso ya descartó la primera posible explicación: la ropa no es.

 Tampoco la cara. Su rostro no es el de un funcionario al servicio de una empresa de transporte encargado de la orientación al público, que pese a recibir apenas un salario mínimo asume con generosidad, pasión y entusiasmo su valiosa labor. Mejor dicho, cara de pobre no tiene. Tampoco de buena persona. Es más, en determinados contextos la gente le guarda cierta distancia. A menos, por supuesto, que requieran alguna información.

 El hombre porta una pinta de cachaco incuestionable. Su piel es blanca como la leche y cada pigmento grita su origen paramuno, pero en tierra cliente, –léase costas, rivera de río o piso térmico bajo– es constantemente interceptado por personas interesadas en ubicaciones de hoteles, sitios turísticos, restaurantes, balnearios, piscinas o en la forma más rápida y económica de llegar al mar. Ese mar que el aún no ha tenido la oportunidad de visitar.

 Le ha pasado tantas veces, en tantos escenarios, que ya ni siquiera se extraña. Mucho menos cuando muy educadamente confiesa su ignorancia sobre el dato consultado. Lo que ocurre entonces es que su interlocutor, en vez de dar las gracias e irse, se queda esperando. ¿Esperando que? Alfonso no tiene idea. Es como si el interrogador se negara a aceptar que el hombre no sabe la respuesta, y que algún extraño milagro o fuerza de la naturaleza lo llenará de sabiduría para absolverle sus dudas. Lo cual, por supuesto, nunca pasa.

 Al hombre le da hasta pena desilusionar tanta gente a diario, así que siempre intenta, por lo menos, orientarlos hacia alguien que sí pueda satisfacer los requerimientos. Lo curioso es que cuando se pasan al policía, al vigilante o al orientador, inevitablemente lo señalan en la distancia diciendo –Alfonso imagina– “él me mando a hablar con usted”. O algo así.

 A estas alturas Alfonso ya reconoció que ese es el punto. O mejor, que él es el punto. El punto de información.