jueves, 16 de febrero de 2017

Metamorfosis en el articulado

Todo termina cuando ella se baja del bus. Lleva una capa de base que camufla las no muy abundantes imperfecciones de piel. Sus labios destacan con una notoria aunque no exagerada aplicación de pintalabios, y sus ojos tienen ese toque de exotismo que se deriva de la combinación entre pestañina y sombras.

Pero el hombre que la mira fijamente hasta que desaparece de su campo visual no la admira por eso. La admira porque se trata de una mujer completamente diferente a la que 40 minutos antes se subió al vehículo se transporte público que los llevó desde la periferia al centro. Este tipo había visto actos similares, pero con un elemento común. Ellas –no ella, sino las otras ellas– iban sentadas. Pero era la primera vez que le tocaba una metamorfosis en vivo y en directo con la protagonista de pie.

El bus era un vehículo articulado, de esos cuyo centro es un eje giratorio  (que se mueve) con una especie de mesón donde se pueden apoyar algunas cosas. Ella, cuyo nombre quedó en la ignorancia del observador y por ende de las futuras generaciones, se apropió de un espacio en ese centro. un espacio mínimo. Ella no estaba sola. De hecho se acomodó en su rincón flanqueada por dos gorilas chateando, una señora con paquetes, tres estudiantes enmochilados  y un desfile de cantantes, vendedores y mendigos que se relevaron para amenizar la ruta.

Y aun así ella se dio maña para sacar un espejo de mano y una polvera con su respectiva almohadilla. Alternando, en una impecable coreografía, sus movimientos con los frenazos y arrancadas del bus, se aplicó con uniformidad la base en el rostro.

Lo más sorprendente vino a continuación. Sacó un lápiz. Un lápiz con punta. De esos que califican como arma punzante. Y lo manipuló mientras dibujaba líneas alrededor de la pupila. El hombre se tensionó a la espera de una tragedia que nunca llegó. Ella no engrosó el gremio de los tuertos. De hecho trazó con precisión digna de dibujante técnico sendas líneas alrededor de sus ojos. Procedimiento igual de arriesgado con otros aplicadores permitieron esbozar sombras, resaltar cejas y darle a las pestañas un aspecto curvado y coqueto.

A estas alturas  el mirón estaba con la boca abierta.  Y hablando de bocas, eso fue lo que vino después. Del bolso salió un kit de pintalabios y pincel.  Pintalabios de esos que están en la frontera entre chica sexy y payaso. Solo es pasarse un poquito de cantidad o ubicación para que los labios seductores y sensuales se conviertan en espectáculo de circo. Para rematar, el señor conductor acababa de descubrir que estaba por fuera de horarios, por lo que incrementó velocidad y giros inesperados. Pero nada. Imperturbable, la mujer de cara lavada que había abordado el vehículo terminó con precisión quirúrgica su proceso de latonería y pintura, como si estuviera sentada en el tocador de su cuarto.

El hombre, que una vez intentó peinarse con la mano en el bus y quedo como puercoespín la miró fijamente hasta que desapareció de su campo visual. Confirmado. Hay cosas que solo las mujeres pueden hacer.

martes, 14 de febrero de 2017

Acelere

En los últimos tiempos los días han transcurrido lentamente  para Julián. Cada día se ha extendido a escala kilométrica, desde esas primeras horas de la madrugada en las que el inexistente cansancio hace que abra los ojos antes de que el sol haga acto de presencia. El hombre vive uno de esos recesos laborales que van para largo. No le va tan mal. No tiene novia, esposa, amante o cosa parecida, sus amigos son escasos y nunca lo llaman, su madre es comprensiva y medio alcahueta y realmente no tiene nada que hacer.  Por eso cada minuto del día se le hace laarrrgooo.

Cuando el viejo radio reloj despertador que le ponía fondo musical a sus mañanas y le avisaba de que ya era hora de levantarse hizo corto, el hombre realmente se alegró. Algo para hacer ese día. Mentalmente planeó todas las actividades. Ir hasta la ferretería cercana—no, mejor una más lejana-. Volver a casa. Preparar los cables, reparar el aparato y ensayarlo cuidadosamente para dejarlo listo hasta el día siguiente.

De manera que se vistió para la ocasión con su pantalón roto, su camiseta desteñida y sus tenis sucios. Era la pinta diaria, muy diferente a la de las entrevistas de trabajo. La que permanecía lista para atender convocatorias que aún no llegaban. Inició su camino hacia la ferretería llevando en el bolsillo apenas lo necesario para pagar los repuestos. Total, tampoco existían rutas de buses, tampoco había afán y tampoco había plata.

Pero a punto de alcanzar su meta el celular sonó. Era de La Empresa. Esa que llevaba varios meses estudiando su hoja de vida. Esa que tenía el cargo perfecto para sus competencias y aspiraciones. Esa que había dado por perdida. Pero no. Necesitaban entrevistarlo ya. ¿A qué se refiere con ya? A que lo esperamos aquí en una hora. No puede ser otro día. El jefe se va de viaje hoy y lo necesita. Máximo en hora y media.

Media hora fue el tiempo que Julián se demoró en volver a casa al trote mar. Veinte minutos lo que tomó el baño, la afeitada y la lavada de dientes contrarreloj y cinco minutos la vestida idem para salir y 15 minutos para regresar a recoger las llaves, la billetera y el celular dejados atrás por cuenta del afán.

Apenas tenía tiempo. Tenía, porque ese bus, ese día, a esa hora se enredó en ese trancón que nunca aparecía en esa ruta. Así le constaba a Julian, usuario constante del mismo recorrido que siempre transcurría sin novedad, salvo ese dia, cuando tenía afán.

No supo como pero llegó apenas a tiempo para la cita. La buena noticia era que la entrevista fue una cosa formal, porque el puesto era de él. La mala era que necesitaban que se integrara al día siguiente. Y que había un larga lista de diligencias que normalmente se despachaban en una semana, pero él debía sacar adelante en una sola tarde. O en lo que quedaba de una sola tarde.

Así que a correr se ha dicho, de la salud a la caja de compensación al sitio donde expedían los certificados al examen ocupacional al sastre y al fotógrafo. Julián terminó agotado pero feliz ante un futuro laboral que finalmente se había despejado. Se fue a dormir con el cerebro puesto en el día siguiente, cuando se reportaría a primera hora en su nuevo trabajo. De hecho sí se reportó, pero tarde.  El radio reloj no funcionó.

Como iba a funcionar si había hecho corto y aunque Julián hizo muchas cosas el día anterior, jamás lo arregló.