Porque es lo que no estoy dispuesto a tolerar; porque es aquello que me ofende, me desagrada, me molesta y se imprime en mi mente como mal recuerdo, evocación de pesadilla e imagen ofensiva, porque aquello que personalmente me agrede es…
Esperen, primero pongamos las cosas en contexto, como dicen ahora. Está muy bien eso de que la gente –bueno, una parte– deje su carro en casa o abandone el transporte público y se cambien a la bicicleta.
Es mucho mejor cuando el Estado se preocupa por crear una infraestructura para que el personal utilice sus vehículos de dos ruedas a tracción humana.
De hecho, yo soy uno de esos, es decir que no hablo de lo que me contaron, o lo que rebotó en alguna cadena cibernética. Por eso me siento autorizado a decir que evidentemente la idea es buena… pero…
…pero las vías especialmente dotadas no están en el mejor de los estados cuando no son verdaderas ciclotrochas.
...pero muchos de los usuarios son tan o más patanes que cualquier energúmeno en carro, atarván en moto o chofer de bus en la peor de sus versiones.
…pero en ciertos horarios no solo hay que lidiar con una congestión digna del más bravo de los trancones, sino con ciclistas suicidas que se atraviesan a estilo kamikaze o se vienen en contravía jugando a la gallina, lo cual es muy complicado cuando la gallina (y por ende el que se tiene que quitar) es uno.
…pero las ciclorrutas son invadidas por peatones despistados; bicicletas que se ven como motos, andan como motos y estorban como motos; perros solos y otras bestias que sacan a pasear sus perros justo por ese tramo; y madres que ignoran la diferencia entre una cicla y un coche para bebé (no sabemos si el bebé está de acuerdo).
¿Pero saben que? Todo lo anterior se perdona. Son procesos de aprendizaje. En cambio lo que no es aceptable es ese espectáculo antiestético, desagradable y vulgar del joven ciclista que nos sobrepasa, y nos obliga a verle los calzoncillos.
No sé qué motivo, razón o circunstancia –gracias, profesor Jirafales – lleva a creer a las nuevas generaciones que la ropa interior es exterior. Tampoco sé por qué existiendo camisa, suéter, chaqueta u camiseta lo suficientemente largos, insisten en utilizar versiones cortas que dejan al descubierto aquella zona donde la espalda pierde su casto nombre y comienza otra zona que le ofrece al desafortunado ciclista de atrás, durante buena parte del trayecto, un panorama de, horror, calzoncillos de marca, estampados o de colores.
En nombre de todo lo que es sagrado, y de una mínima consideración estética, tápen eso, por favor.
martes, 21 de febrero de 2017
jueves, 16 de febrero de 2017
Metamorfosis en el articulado
Todo termina cuando ella se baja del bus. Lleva una capa de
base que camufla las no muy abundantes imperfecciones de piel. Sus labios
destacan con una notoria aunque no exagerada aplicación de pintalabios, y sus
ojos tienen ese toque de exotismo que se deriva de la combinación entre
pestañina y sombras.
Pero el hombre que la mira fijamente hasta que desaparece de
su campo visual no la admira por eso. La admira porque se trata de una mujer
completamente diferente a la que 40 minutos antes se subió al vehículo se
transporte público que los llevó desde la periferia al centro. Este tipo había
visto actos similares, pero con un elemento común. Ellas –no ella, sino las
otras ellas– iban sentadas. Pero era la primera vez que le tocaba una
metamorfosis en vivo y en directo con la protagonista de pie.
El bus era un vehículo articulado, de esos cuyo centro es un eje
giratorio (que se mueve) con una especie de mesón donde se pueden apoyar algunas cosas. Ella, cuyo nombre quedó en la ignorancia del observador y por
ende de las futuras generaciones, se apropió de un espacio en ese centro. un espacio mínimo. Ella no estaba sola. De hecho se acomodó en su rincón flanqueada por
dos gorilas chateando, una señora con paquetes, tres estudiantes enmochilados y un desfile de cantantes, vendedores
y mendigos que se relevaron para amenizar la ruta.
Y aun así ella se dio maña para sacar un espejo de mano y una
polvera con su respectiva almohadilla. Alternando, en una impecable
coreografía, sus movimientos con los frenazos y arrancadas del bus, se aplicó con uniformidad la base en el rostro.
Lo más sorprendente vino a continuación. Sacó un lápiz. Un
lápiz con punta. De esos que califican como arma punzante. Y lo manipuló
mientras dibujaba líneas alrededor de la pupila. El hombre se tensionó a la
espera de una tragedia que nunca llegó. Ella no engrosó el gremio de los
tuertos. De hecho trazó con precisión digna de dibujante técnico sendas líneas
alrededor de sus ojos. Procedimiento igual de arriesgado con otros
aplicadores permitieron esbozar sombras, resaltar cejas y darle a las pestañas un aspecto
curvado y coqueto.
A estas alturas el
mirón estaba con la boca abierta. Y
hablando de bocas, eso fue lo que vino después. Del bolso salió un kit de
pintalabios y pincel. Pintalabios de
esos que están en la frontera entre chica sexy y payaso. Solo es pasarse un
poquito de cantidad o ubicación para que los labios seductores y sensuales se
conviertan en espectáculo de circo. Para rematar, el señor conductor acababa de
descubrir que estaba por fuera de horarios, por lo que incrementó velocidad y
giros inesperados. Pero nada. Imperturbable, la mujer de cara lavada que había
abordado el vehículo terminó con precisión quirúrgica su proceso de latonería y pintura, como si
estuviera sentada en el tocador de su cuarto.
El hombre, que una vez intentó peinarse con la mano en el
bus y quedo como puercoespín la miró fijamente hasta que desapareció de su
campo visual. Confirmado. Hay cosas que solo las mujeres pueden hacer.
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