martes, 3 de octubre de 2017

Lumbersexual de bajo presupuesto

Me acabo de enterar que yo soy un lumbersexual de camisa equivocada y barba imperfecta. Primero las aclaraciones capilares. Desde la adolescencia libré una tenaz batalla contra el vello. El vello que no salía. En tiempos en los que la masculinidad era directamente proporcional a los hombres de pelo en pecho, a mí me tocó ser una especie de depilado precursor. Y con respecto al bigote pasaron muchos años antes de que la sombra debajo de mi nariz fuera visible sin necesidad de lupa. O microscopio. Y ese tono mono que tiende a confundirse con la piel todavía no desaparece del todo.

Sobre la barba, después de 30 años sin afeitarme finalmente algo comenzó a notarse colgando de la cumbamba. Que pareciera un ratón muerto por efectos de una aplanadora era secundario. A medida que pasaron los años la melanina hizo mutis por el foro, con lo que ha habido un cambio fundamental. Ahora lo que remata la quijada parece un ratón albino muerto. Y sucio.

De patillas y el resto de la cara se habla en chino. Aquí chi y aquí no. Y asimétrica. Las veces que he intentado clasificar como barbudo el resultado ha sido un archipiélago irregular de manchas capilares dispersas por la cara. Que además tienden a crecer irregularmente. Es como si una parte fuera pasto de estadio y otra maleza de monte.  Ni modo. En nombre de una estética mínima, toca conformarse con el roedor fallecido.

Hablando de estética, carezco de toda autoridad moral para referime al tema. Sobre todo en la parte de vestuario. Vivo afectado por situación similar a la de aquel hombre al que todas las mujeres quieren vestir. No por intereses erótico afectivos, sino sencillamente ornamentales.

No es solo por la tendencia a andar descachalandrado, por el nulo interés en que las prendas utilizadas combinen entre sí, por el rincón donde yace olvidada la plancha y por la práctica sistemática de remiendos con esparadrapo. Es porque a todo lo largo de mi vida he considerado que la obligación de vestirse queda despachada con unos requisitos mínimos de proteger y tapar. Proteger el cuerpo del clima y los elementos, proteger a los demás de olores molestos, y tapar lo que por ley, convenciones sociales o sentido práctico debe estar tapado.

Y resulta que eso que yo llevo haciendo no sé cuántos años tiene nombre, tendencia, etiqueta, tribu urbana, hashtag, grupos en redes sociales y justificación sociológica. Que, y esta es la parte interesante, se supone que todas esas cosas les encantan a las mujeres. Por cierto que tengo que averiguar dónde hago el reclamo, porque mis índices de popularidad con las damas no han registrados mayores variaciones en los últimos tiempos.

Claro que justo es reconocer que no se cumplen todos los requisitos. Se supone que hay que usar camisa de leñador. Leñador canadiense, o sea de cuadros y de un paño grueso. Y de esas no tengo yo. En cambio sí dispongo de una abundante dotación de las que usan los que tumban monte por estos lares, que es básicamente cualquier prenda de vestir (camisa, camiseta, suerter, chaqueta) cuyo propietario no tiene la más mínima intención de volver a lavar, coser o someter a cualquier tratamiento higiénico o de mantenimiento. Y que pese a esos, se niega a hacer el tránsito a trapo.

La idea es que los lumbersexuales se llaman así porque en algún idioma - podría buscar el dato preciso en internet pero me da pereza- lumber significa leñador. Y que surgieron como una reacción a esa tendencia de la que se habló hace alguno tiempo, los metrosexuales, donde los caballeros se cuidaban tanto, más o mucho más en su aspecto personal que cualquiera de las damas. Que por esos retomaron un esteorotipo de macho machote. Y que como pasa con cualquier tendencia, antes, durante o después sirvió para que  los vendedores de camisas de leñador, los vendedores de jeans desgastados, los vendedores de botas y los expertos en peluquear barbas se llenaran de plata vendiéndole exclusividad a los cada vez más abundantes leñadores que no han tumbado un árbol en su vida.

Y parece que yo soy uno de esos. Pero de bajo presupuesto.

martes, 19 de septiembre de 2017

87 infracciones por 15 kilómetros. Todos somos responsables

No fue mucho tiempo. Más o menos 90 minutos.

La distancia tampoco era demasiado larga, un poco más de 15 kilómetros.

Pero les alcanzó.

El observador, que también era protagonista, contó 87.

87 infracciones a normas de tránsito.

De entrada se destaca lo igualitario del asunto.

Equidad de género en su máxima expresión.

Hombres y mujeres por igual ignorando las leyes vigentes.

En edad, predominio de la juventud.

Aunque como el universo también era de juventud predominante, no fue realmente una tendencia diferencial.

Tampoco es tan complicado como suena.

Eso sí, todos tenían un elemento en común.

Eran ciclistas o como se les dice ahora, biciusuarios.

En ejercicio, es decir pedaleando hacia sus respectivos destinos.

Por lo temprano de la hora (de 7 a.m a 8.30 a.m.) se presuponen destinos laborales o académicos.

Y… cuáles fueron las infracciones.

Básicamente tres.

Muchos no tenían casco.

Aunque, hay que ser justos, una parte de los infractores sí lo tenía.

Pero no estaba en la cabeza.

Estaba colgado del manubrio, sobre la parrilla, pegado al morral, colgado debajo de la barra.

Supongo que eso es lo que llaman tendencia.

La otra es una total ignorancia del concepto de semáforo.

Para muchos, este artefacto es una especie de árbol de Navidad encargado de mantener el espíritu de las fiestas vivos durante todo el año mediante un juego de luces.

Porque independientemente del color de turno, no paraban.

Hablar de irrespetar sería generoso. No se volaban el semáforo. Lo ignoraban.

Ignorancia que en algunos casos incluía cruces suicidas. Y el más suicida de todos, equidad de género. Sí, fue una mujer que evadió por centímetros al carro que casi la atropella.

La otra infracción reiterativa a lo largo del recorrido fue invadir las zonas que no son para ciclistas.

Porque esta historia transcurrió en un trayecto que, en su totalidad, tiene ciclorruta demarcada y delimitada.

En un andén donde está claramente señalado el espacio de los peatones, que más de una vez fue visitado por los ciclistas.

Con una calzada para carros, que más de una vez fue visitado por los ciclistas.

Con un carril de ida y otro de vuelta cuya orientación parecía carecer de importancia para algunos, que constantemente cambiaban al carril que iba en sentido contrario.

Si estaba ocupado o no, eso carecía de importancia.

Y esas no las conté entre las 87 infracciones.

No son 87 infractores, unos cuantos repitieron.

Y esta historia, que es real, pasó en los mismo días en que biciusuarios indignados clamaban por seguridad y protección contra robos y accidentes.

Y quien la narra es un ciclista que de puro desocupado decidió contar las infracciones que veía de parte de sus colegas.

Porque aquí no hay buenos y malos.

Todos somos responsables.