miércoles, 7 de junio de 2023

El Pote tiene su "like"


El Pote Riveros heredó el apodo más no la silueta abultada de su papa. Militante activo en el gremio de los flacos a lo largo de toda su vida, cargó durante muchos años el apelativo de Potecito Riveros. Hasta que el original falleció, gran pérdida, y Potecito paso a Pote, condición que sigue vigente.

Ex Potecito optó por la ingeniería mecánica, lo que al paso de los años lo convirtió en autoridad mundial en ciertas máquinas que no vienen al caso, pero cuya instalación, revisión y mantenimiento le han permitido recorrer casi todo el planeta. También le han servido para acumular fotos de viajes, primero con rollos y revelados, después con cámara electrónica y últimamente con su teléfono.

Él, por supuesto, se mueve en redes sociales con su amplio grupo de contactos profesionales, además de interactuar con los sitios web especializados. La web es, básicamente, herramienta de trabajo. Hasta que alguien le sugirió. “Oiga, usted con todas esas fotos que tiene del mundo podría ser un influencer”.

Riveros picó el anzuelo y procedió en consecuencia. Cuentas en las redes claves para estos asuntos, una cuidadosa selección de las mejores fotos para empezar, la mentira de “a mí no me importa cuanto seguidores tenga” y finalmente, el verbo publicar, debidamente aplaudido por familiares y amigos.

Familiares y amigos que, poco a poco, fueron cediendo en su entusiasmo, lo que se reflejó en una crónica escasez de likes, me gustas, corazoncitos, caritas felices y demás indicadores de que alguien (quien sea, por favor) estaba interesado en las habilidades fotográficas del Pote.

Por eso cuando la revisión rutinaria tras alguna publicación mostró un corazoncito el departamento de buenas noticias se alborotó. Más cuando, por primera vez, la expresión de aprobación venía de un desconocido. O mejor, de una desconocida.

Fingiendo que no le daba mayor importancia, el aspirante a influencer hizo lo que cualquiera hace en redes cuando alguien le parece interesante. Entró a la cuenta de su admiradora, donde descubrió (él lo interpretó así) que era una joven pobre quien coincidía con el ingeniero en el poco tiempo que llevaban en las redes.

Lo de joven era evidente por las fotos. Lo de pobre por la notoria necesidad de ahorro que se notaba en sus prendas de vestir. O para ser más claros, en la escasa cantidad de tela que conformaba el guardarropa de la dama. Riveros concluyó que ella misma se hacía la ropa con retazos, explicación perfectamente lógica al hecho de que las prendas taparan la menor cantidad de cuerpo posible.

El Pote también atribuyó a los problemas económicos la timidez de su admiradora, cuyo rostro jamás se veía claramente  (en contraste con otras partes del cuerpo), y la escasez de información personal relevante en su perfil público. Eso sí, reconoció sus habilidades como gimnasta por algunas acrobáticas posiciones del segmento de su perfil que era visible. Porque para ver algunas imágenes y videos era necesario seguirla, incluirla en la lista de amigos o aplicar cualquiera de los mecanismos por medio de las cuales las relaciones en redes sociales pasan al siguiente nivel, incluidos aquellos que generan algún tipo de desembolso monetario.

A propósito de su admiradora a Riveros le pareció recordar alguna lectura sobre usuarios falsos,  estrategias para sumar seguidores dando likes al azar, anzuelos para cazar incautos en red e incluso perfiles detrás de los cuales no hay un ser humano sino una inteligencia artificial, cuyo objetivo final no es muy católico que digamos.

Eso, claro, le pasa a otros, no a él. El Pote ya tiene admiradora.

miércoles, 31 de mayo de 2023

Matemáticas post 30


Nota de la redacción. Una amilcarada de publicación reciente  llevó al autor a buscar en sus archivos textos similares, entre los que encontró este de 1998, cuya vigencia (con algunos ajustes) es, por decirlo suavemente, de  aterradora actualidad.

Dicen que a los 30, a los 40, a los 50, llega una crisis. Eso es mentira. Las crisis son situaciones difíciles que se presentan en un momento determinado, alcanzan un punto culminante y luego desaparecen. Lo que llega a los 30, a los 40, a los 50,  no desaparece. Se queda para siempre, y cada día se pone peor. Se llama edad.

No es juventud, porque eso ya pasó. No es vejez, porque eso aún no ha llegado. Es un incómodo término medio en el cual uno mira para atrás y para adelante, viendo como aquello que parecía lejano es contemporáneo, y aquello que suena importante ya pasó, sin que nos diéramos cuenta a qué horas.

Una de las pocas ventajas es el desarrollo de las habilidades matemáticas. Y también en el manejo del lenguaje, como podemos leer aquí. Uno hace cuentas de edad. La primera tiene que ver con los adultos. Cada vez con mayor frecuencia, vemos alrededor adultos que se supone eran niños. Ese sobrino a cuyo nacimiento hicimos antesala en nuestra adolescencia hoy es más grande, más ronco, y tiene mejor sueldo que nosotros. Una extraña mezcla de deseo y remordimiento nos acompaña cada vez que vemos a la hija de aquel amigo que se casó joven, a la cual decirle niña es, por lo menos, un anacronismo.

Personajes que eran más viejos porque así debía ser, de repente son más jóvenes, porque así debe ser. Los policías, los ladrones, los choferes de bus, los presentadores y actores de televisión, el capitán Kirk, el señor Spock (¿No sabe quienes son?, este texto no es para usted... todavía) y hasta uno que otro ministro. 

Utilizando nuestra recién adquirida habilidad aritmética empezamos a hacer cuentas. El soldado que nos solicita documentos, no había nacido cuando nos expidieron la libreta militar. Ese futbolista que hoy apasiona multitudes, hizo la primera comunión el mismo día en que nosotros colgamos los guayos, tras hacer un autogol en ese partido que el equipo de ex alumnos perdió 8 -0.

Cuando tenemos la oportunidad de ver una reina de alguna cosa - el Mango, la Guayaba, qué sé yo - acompañada de su mamá, empezamos a notarle atributos a la mamá. Y recordamos haber leído alguna vez, tiempos ah, que el ministro Tal se había casado, cuando vemos a su hijo, Tal Jr., posesionarse en alguna flamante cartera.

En un último arranque de desesperado optimismo, miramos hacia los ancianos de la tribu. Los obispos, los generales, los magistrados, los relojeros, los tenderos. Esos hombres, a quienes siempre consideramos como abuelos potenciales, nos siguen superando en dignidad, gobierno y, sobre todo, en edad.

Lástima que ya no parezcan nuestros abuelos, sino nuestros papás, o nuestros hermanos mayores.