miércoles, 22 de mayo de 2024

Herencia


Tengo una teoría. Lo que nos hacía reír cuando éramos niños, nos parecía ridículo durante nuestra adolescencia, nos avergonzó públicamente en nuestra juventud y permaneció olvidado en la primera fase de nuestra madurez forma parte de lo que somos ahora... o de lo que seremos en algún tiempo.

Obviamente, hablo de las mañas paternales, heredadas de algún abuelo, que las heredó del bisabuelo y así sucesivamente hasta algún chibcha o chapetón de milenios pasados que también tenía la costumbre de rascarse detrás de la oreja mientras conversaba.

Y es que en materia de herencias, uno puede perder la casa, el carro y los muebles, pero nunca dejará de recibir las mañas. Por eso es que discutimos de una manera terca y atravesada con el terco y atravesado de papá; y nos divierte la manía de mamá de reutilizar el papel de regalo, aunque en la casa tenemos una caja alimentada por envoltorios de las pasadas cuatro navidades.

A continuación una lista, claro que incompleta, de comportamientos que vimos, rechazamos, olvidamos, y, sin darnos cuenta, incluimos en nuestro diario vivir, muchas veces adaptados a los tiempos modernos.

1. Sorber la sopa o soplar la cuchara cuando está muy caliente para nuestro paladar.

2. Regañar en la mesa a quienes sorben la sopa o asumen cualquier comportamiento similar que tuvimos, tenemos o —ténganlo por seguro—, tendremos.

3. Hablar mientras se ven programas de televisión en familia, actividad que, si bien se ha reducido por cuenta de las pantallas individuales, al mismo tiempo se ha ampliado con opciones como tvcable, video doméstico,  streaming y las diversas y creativas formas de piratear señales o contenidos.

4. Salir a hacer compras cerca de la casa en pantuflas. Versión moderna: en esas piyamas que no se parecen a las piyamas pero después de un sesudo análisis no permiten conclusión diferente a “eso tiene que ser una piyama”.

5. Sacar la lengua mientras escribe a mano. Y sí, la gente hoy casi no escribe a mano, pero chatea todo el tiempo… y saca la lengua.

6. Pasar el pan por el plato para aprovechar los últimos residuos de la grasita del alimento respectivo, de la salsa o del sudado.

7. Hablarle a los bebés en media lengua con frases que el pequeño receptor ni entiende, ni  le importan. Claro que tampoco las iba a entender si se pronunciaran con una dicción perfecta.

8. Sobarse la barriga porque está doliendo, porque acabamos de almorzar, porque vamos a consumir alguna golosina, porque estamos preocupados o porque sí.

9. Guardar las bolsas plásticas usadas, una medida altamente ecológica que aplicaban nuestros ancestros con fines meramente económicos antes de que existiera la ecología. Lo que ahora es para salvar el planeta, en otros tiempos era para ayudar al bolsillo. 

10. Darse la bendición cuando relampaguea o truena, independientemente de nuestra condición de agnósticos, librepensadores, ateos o teosóficos.

11. Comerse los sobrados de otros en la mesa familiar.

12. Usar palillo de dientes (exactamente para aquello que corresponde a su nombre) y guardarlo en un bolsillo al terminar la faena. 

13. Hablar con alguien sin mirarlo. Y sí, eso también pasaba antes de que existieran los teléfonos inteligentes, lo cual demuestra que para ser descortés no se necesita tecnología. 

14. Apagar luces y desconectar aparatos eléctricos. En otros tiempos la motivación era el ahorro de energía. Hoy es lo mismo con argumento ambiental. Curiosamente, en ambos casos es una manía que se desarrolla cuando el heredero empieza a pagar la factura de la luz.

Para terminar, o comenzar, se agradecen los aportes para ampliar la lista en los comentarios.  

miércoles, 15 de mayo de 2024

Un eslogan incomprendido


Se trataba de una institución con aportes estatales y particulares. Nació como un esfuerzo público-privado para promover los productos nacionales. Operaba en diversos frentes, uno de los cuales eran las fechas comerciales. Navidad, Amor y Amistad, temporada escolar, Día del Padre, Día de las Brujas formaban parte de la lista de retos anuales, donde reinaba, muy por encima de los demás, el Día de la Madre.

Con la debida anticipación, el equipo multidisciplinario esbozaba el presupuesto, la estrategia, las acciones y las piezas multimedia destinadas a motivar a los colombianos a priorizar bienes y servicios locales en sus adquisiciones para el evento respectivo. Con algunos ajustes derivados de la experiencia, la primera actividad siempre era una “tormenta de ideas” donde publicistas, comunicadores, diseñadores, líderes, psicólogos y uno que otro colado planteaban iniciativas.

La verdad es que Hermenegildo (Hermi, para los compañeros de labores) llegó tarde y medio enguayabado a esa reunión del Día de la Madre. Optó por el bajo perfil, pero el líder de turno —la presencia estatal generaba mucha rotación en ese cargo— lo "fusiló". Como el tipo tenía fama de creativo el disparo fue directo y a la cabeza. ¿Y usted qué eslogan propone?

El hombre lo reconoce. Soltó lo primero que se le ocurrió. Carcajada general. Pero en medio de las risas la idea no le pareció tan mala. De hecho, superado el momento alegre, racionalizó, explicó y argumentó... pero no convenció. Es más, ni siquiera convenció a la mesa de que se trataba de una propuesta seria. 

Pasó un año y Hermi seguía con esa espinita clavada en el ideódromo. Así que esta vez se preparó a conciencia para defender el mismo arrebato creativo. Llevaba varios argumentos debidamente sustentados en una presentación y hasta una estrategia para justificar el uso del refuerzo audiovisual.

La líder —recién posesionada— venía de una consultora especializada en metodologías participativas y aplicó sus conocimientos. Convocó a todo el que pudo, los dividió en grupos, les repartió papelitos de colores, los instó a poner sus ideas en los mismos y a pegarlos en las paredes. Luego utilizó un complejo sistema de rotación de personal y de grupos para hacer una preselección. Hermi quedó al otro lado del salón, sin posibilidad de defender su idea aunque, eso sí, con amplio panorama visual para notar como el papelito con su letra fue uno de los primeros en pasar a la caneca.

Al año siguiente el directivo era un tipo joven, quien anunció énfasis en redes sociales por lo que el punto de partida debía ser un hashtag. Hermi vio la oportunidad. Su idea era una frase corta, contundente y pegajosa, con ese tono heterodoxo que convocaba a la viralidad. Se puso de pie, fue al frente y la escribió, antecedida, como no, del signo #… Esta vez no hubo risas, solo un silencio sepulcral roto por el líder y dos frases. En tono diplomático: “Gracias Hermenegildo”. En tono suplicante: “¿Alguien tiene otra idea?” 

Por suerte de la buena para el líder y de la mala para Hermi sí había más propuestas, de las cuales surgió la etiqueta utilizada como eje en la campaña de ese periodo.

Hermenegildo continuó con su relato —Durante un par de años adicionales le hice sendos intentos pero no, siempre la rechazaban. Hasta que me salió otro puesto donde el tema ya no era relevante.

— Bueno Hermi, y cuál era ese eslogan, lema, hashtag o etiqueta que nunca se pudo utilizar.

— Uno espectacular. Hasta se le puede poner música. Escúchelo “¡CÓMPRELE COLOMBIANO A SU MADRE!”