miércoles, 15 de enero de 2025

Especies en temporada


Los biólogos y demás investigadores del comportamiento animal están altamente ocupados por estos días. Es la época única de avistamiento para ciertas especies. Se trata de algunos vertebrados, clase mamíferos, del orden de los primates, familia homínidos y género homo sapiens. Va una lista.

Deportistus afiebratus. Se encuentra en gimnasios, parques, clubes y otros espacios dedicados a la actividad física. Es reconocible por su atuendo deportivo, completamente nuevo. Si el uso de las instalaciones demanda algún pago, él o ella abonó entre seis meses y año completo. Durante una o dos semanas se le verá ensayando todas las máquinas, escuchando atentamente al instructor y sudando copiosamente mientras se seca con su toalla (nueva) de microfibra absorbente. Un día desaparecerá. Para siempre. La única evidencia de su existencia será la toalla, abandonada en algún casillero.

Ecologicus transportus. Se le detecta por el comportamiento delator en el transporte público. Se nota su carácter de usuario infrecuente, o de personaje que en su vida se había subido a un cacharro de esos. Otra subespecie usa un variado atuendo, para movilizarse en la recién adquirida patineta o bicicleta eléctrica, con la cual invade indistinta y peligrosamente andenes, ciclorrutas y calzadas. Una categoría adicional son nuevos usuarios de bicicletas tradicionales, muy parecidos al Deportistus afiebratus. 

El elemento común está en la relación con los carros particulares. Por cierto, hay uno guardado en casa del personaje. Primero es la superioridad moral de quien mira a los automotores como malvados contaminadores y agentes del cambio climático. Luego viene un reconocimiento de que así sean a gasolina, eléctricos o híbridos, tienen algunas ventajas. La tercera fase incluye cierta nostalgia combinada con envidia ante quienes lo sobrepasan al volante de sus carros. Hasta ese día cuando el conductor vuelve a la silla delantera de la izquierda porque, retomando un antiguo lema publicitario, la envidia es mejor despertarla que sentirla.

Alimentatus sanus est. Aparecen en zonas de los supermercados donde nunca habían estado. También en negocios especializados o centros de distribución de comida con cero o mínimo procesamiento, léase plazas de mercado. Empiezan con un no gracias a ofertas típicas, es decir a la empanadita, al buñuelito, al pastelito o al rosconcito. 

En casa erradican los huevos fritos del desayuno en beneficio de la fruta; los alimentos fritos metamorfosean a versiones cocinadas en agua o al vapor; el postre se vuelve fruta; la papa, la yuca, el arroz, el plátano y demás carbohidratos dan paso a variaciones de paisaje como repollo, lechuga, zanahoria, rábano y más fruta. 

Comparten espacios de alimentación, así que empiezan por robar bocados, cada vez más grandes, a la pareja, a los hijos o a los colegas de oficina. Pero llega el momento de la rebelión hogareña cuando le empiezan a servir lo mismo que a los demás, mientras el compañero (a) de trabajo con sobredosis de honestidad toma la vocería del grupo y le dice “no moleste más y pida un almuerzo normal”.  

Varius. Otras especies visibles solo en enero son el No fumus más en serius reconocible por su evidente tensión nerviosa y consumo desaforado de paliativos (chicles de nicotina, dulces corrientes, chocolatinas individuales y uñas); el Ahora si lo leus que carga todo el mes algún voluminoso y viejo ejemplar de ese ladrillo de la literatura universal (100 años de Soledad, Ulises, etc.) el cual permanecerá cerrado mientras el sujeto (a) chatea o mira videos; y el Speak englishum u otrum quien se documenta detalladamente de alternativas académico-lingüísticas condenadas al olvido en alguna carpeta real o virtual.

Y por supuesto, el más efímero pero a la vez abundante de todos, que aparece pasada la medianoche del 31 de diciembre pero es prácticamente imposible de visualizar a partir del 2 de enero. El Hoc anno sic.

En español traduce Este año sí.

miércoles, 8 de enero de 2025

Cazador de golpes, rayones e intermedias


Pasa con lavadoras, estufas, hornos, teléfonos, aspiradoras, computadores y demás electrodomésticos, gasodomésticos o aparatos electrónicos.  Automáticamente se invalida la garantía sin importar el daño y la claridad en la relación de causa y efecto. Ese es un tema de técnicos, reparadores, protección al consumidor y abogados. Nuestro tema es el surgimiento de una nueva especialidad laboral. 

Él o ella forma parte del equipo de servicio al cliente en grandes superficies, o del grupo de ventas en almacenes especializados, o del personal técnico del taller de reparaciones. No importa su experiencia previa, sus logros académicos o el lugar que ocupe en el organigrama. Importa lo que hace.

Sonríe y actúa con engañosa cortesía. Recibe al comprador que llega con ese aparato recién adquirido que se niega a cumplir aquella función para la que fue fabricado. Cuando está con el cliente escuchará pacientemente la descripción del problema.  Y entonces,  hará aquello para lo cual fue realmente contratado o contratada.

Con meticulosidad digna de artesano experto acometerá la más detallada de las revisiones. No al funcionamiento, no a los mecanismos internos, no a las fuentes de energía sino al contorno. Recorrerá cada centímetro de la carcaza con una vista especialmente entrenada que sabe exactamente lo que busca. Si lo ve, habrá un cambio, casi imperceptible, en su rostro. De la mirada inquisidora pasará a los rasgos del deber cumplido. Algunos continuarán con la revisión en busca de más evidencia. Otros la interrumpen justo en ese  momento y emiten verbalmente acusación, juicio y sentencia.

Existen variantes, por supuesto, pero el mensaje siempre es el mismo. “la garantía no tiene validez porque ustedes le dieron un golpe”.

El discurso heredado de generación en generación sabe que una cosa es “tiene un golpe” o “le dieron” a secas que la formula completa de “ustedes le dieron”. En teoría —porque por suerte existe el derecho  al  pataleo— con esa afirmación el distribuidor o fabricante de turno queda automáticamente absuelto de cualquier responsabilidad en daños o fallos. En este caso el cliente no tiene la razón. Además, es torpe.

Hay golpes de golpes. Algunos parecen accidente de tránsito entre carro viejo y auto eléctrico con latas (o su equivalente el aparato de turno) sumidas, pintura completamente descascarada y agujeros reveladores. Son aquellos ante los cuales solo resta aceptar la evidencia y empezar a cotizar el arreglo.

Pero en el otro lado están los discutibles. Muy discutibles. Un leve roce que a duras penas afectó un poco la pintura. Una deformidad casi microscópica apenas visible a la vista y solo detectable por medio del tacto. Un daño menor en ese lugar donde, sin ser necesariamente un experto, el cliente sabe que no tiene ninguna relación con los problemas de funcionamiento.

Y ahí viene la metamorfosis. El personaje que días atrás nos vendió el aparato en medio de sonrisas, el encargado o encargada de servicio al cliente que nos recibió en plan de “vamos a solucionar su problema” se convierte en frío funcionario o funcionaria que recita detalles técnicos y legales gracias a los cuales el golpecito anula la garantía. Su único rastro de humanidad es, a veces, un “ de verdad lo siento mucho, pero así funciona”.

Entre más argumente el cliente, más impersonal se vuelve el representante de la firma. Lo más probable es que el asunto termine escalando ante algún nivel superior en la organización o ante autoridad competente. Pero eso es otra historia.

Aquí solo queríamos presentarles al cazador o cazadora de golpes, rayones e intermedias.