miércoles, 1 de octubre de 2025

De comprimidos y otros ilícitos

—Encontré esto mientras buscaba la fórmula de sus medicamentos. ¿Qué es?

El nieto le mostró al abuelo el papel. De 5 a 7 centímetros de ancho por más o menos 30 de largo.  Cuidadosamente enrollado, ocupaba el menor espacio posible. ¿El contenido? Escrito a mano, sin márgenes y en letra tan pequeña que a duras penas se leía.  ¿La información? Múltiples referencias a la historia de Colombia. Acontecimientos, batallas, descubrimientos y otros hitos acompañados de datos claves como fechas, protagonistas, lugares, causas y consecuencias. 

El patriarca de la familia, modelo de rectitud, honradez y principios, reconoció de inmediato el objeto. Pero puso cara de no me acuerdo bien. De lo estoy pensando. Era una técnica perfeccionada con el paso de los años para evadir preguntas complicadas o, por lo menos, aplazar la respuesta. Lo recordaba perfectamente. La memoria lo trasladó al bachillerato, a un salón de clase. Frente a una hoja de papel respondía un examen de esos que requerían la mejor nota posible para efectos de supervivencia académica. La primera pregunta: bien. La segunda, más o menos. De ahí en adelante, ni idea. 

Disimuladamente miró hacia el compañero más cercano. En la primera ojeada no vio nada. A partir de la segunda combinó contorsionismo, bifurcación visual y deporte de alto riesgo. Estiró y giró el cuello para observar mejor. Con un solo ojo, porque el otro chequeaba al profesor para que no se diera cuenta.  

De lo que no se acordó fue de si la maniobra coronó. Es decir si el educador no lo detectó (con la consiguiente anulación de la prueba), si copió bien las respuestas, si estas eran correctas y si finalmente hubo una buena nota. Demasiados riesgos en una sola operación. Era mejor estudiar.

Otro recuerdo. Otro examen. Otras preguntas. La misma ignorancia. Esta vez las maromas fueron para ir a la fija. Sacar del pupitre o la maleta el libro o cuaderno. Acomodarlo donde él pudiera verlo, pero el maestro no. Abrirlo justo en la página con la información requerida. Vigilar al profe para que no lo descubriera en el ilícito. Tomar y transcribir correctamente los datos requeridos. Todo al mismo tiempo. Muy complicado. Era mejor estudiar. 

La  memoria lo llevó a una tercera sucesión de momentos. Un examen haría la diferencia entre vacaciones o habilitación de la materia. En casa, con el libro de historia de Colombia, el abuelo consulta, verifica y copia conocimientos que pasa por escrito (esfero de punta fina) a un pequeño pedazo de papel (5 a 7 centímetros de ancho por más o menos 30 de largo). Acontecimientos, batallas, descubrimientos y otros hitos acompañados de datos clave como fechas, protagonistas, lugares, causas y consecuencias.  

Le decían comprimido, soplete, copialina. El antecesor analógico de las memorias USB. La mayor cantidad de información apretujada en el menor espacio posible. Un esfuerzo físico e intelectual de marca mayor. El método perfecto para copiar. Información 100 por ciento confiable, fácilmente manipulable y con infinitas posibilidades de camuflaje, desde múltiples escondites hasta la xilofagia (comer papel). ¿El problema? Los profesores que vigilan los exámenes también fueron estudiantes alguna vez.  Era mejor estudiar.

No fue la primera ni la última vez que hizo algo parecido en tiempos del colegio. Pero tenía la responsabilidad de dar buen ejemplo. Optó por una mentira estratégica. Al nieto le quedó clara la respuesta, pero sigue confundido por el comentario final y, sobre todo, por la sonrisa socarrona del abuelo.

—La verdad no me acuerdo mijo. Debió ser algo del colegio.  Era mejor estudiar. 

miércoles, 24 de septiembre de 2025

Sobredosis de creatividad

Rojas siempre fue del tipo creativo. Pintaba, escribía, se anotaba en actividades culturales, aportaba ideas. No era buen estudiante pero los docentes premiaban su entusiasmo “arrastrándolo” en las notas. Llegó a bachiller y expresó interés por bellas artes, literatura, música, actuación o algo así. Mientras se decidía lo convencieron de estudiar (algo provisional) una carrera intermedia (algo más rentable). Su familia respiró aliviada cuando aceptó, lo que alejó un futuro potencial entre muerto de hambre y mantenido oficial. La vida de Rojas tuvo giros inesperados y lo que iba a ser algo provisional se volvió trabajo e ingreso permanente. 

Pero eso de la creatividad es crónico. Algo pasaba con el tipo del quinto cubículo. Sus presentaciones eran otra cosa. Ajustes pequeños y eficientes lo diferenciaban en el trabajo. Escribía esos mensajes simpáticos para los cumpleaños. Un día el jefe de sección le pasó una presentación a ver que podía mejorar. Y la mejoró tanto que el gerente notó la mano misteriosa. Una vez identificado el innovador, las peticiones comenzaron a llegar. Hasta que se produjo el acontecimiento feliz. Traslado a gerencia general. 

En el organigrama le pusieron asistente de gerencia. Su asistencia consistía en darle ideas al jefe, pulir las ideas del jefe, convertir cualquier delirio del jefe en una idea concreta y, lo más importante, jamás aparecer como autor de las iniciativas que se derivaban de su trabajo. Un buen sueldo terminó por acallar a la vocecita interna que pedía derechos de autor. El jefe se llevaba los créditos, a él le pagaban. Además la complicidad con el que mandaba se hizo cada vez más cercana. De hecho, manejaban reuniones diarias. 

En una de esas Rojas se arriesgó y soltó una idea medio loca. Vamos a vender felicidad. Es importante precisar que la empresa prestaba servicios técnicos especializados a sectores del comercio, la industria y otras actividades económicas. Sus clientes eran institucionales, de esos que toman sus decisiones basados en criterios estrictos de costo/beneficio. Todos querían ganar plata. La felicidad era algo colateral.

Pero el hombre tenía argumentos. Factor diferenciador frente a la competencia. Ser más que fríos consultores. Enfocarse en elementos secundarios pero claves. Énfasis en esos detalles que mejoran el día a día de clientes y trabajadores. Calidad de vida. Experiencias satisfactorias. Y, por supuesto, ganar plata.

A punta de reuniones el concepto evolucionó a propuesta de servicio. Faltaba ensayarla con un cliente real. Entonces apareció ese poeta —publicado y laureado— que invirtió parte de sus ganancias literarias en un restaurante y buscaba proveedor para los servicios que ofrecía la empresa. El sujeto de prueba perfecto. 

Nadie lo conocía en persona pero el día de la cita llegó justo a la hora. El gerente entró a la sala, lo saludó por su apellido y procedió a presentar su portafolio con el enfoque de Rojas. El visitante sí había puesto cara rara cuando le dijeron maestro. Pero el rostro realmente desconcertado apareció cuando el eje de la felicidad se tomó la exposición. Cada palabra le generaba evidente incomodidad y confusión. Inesperadamente interrumpió al expositor, dijo que debía ir al baño y salió. No ha vuelto todavía.

A primera hora, un poeta había cancelado su cita. De acuerdo con los protocolos, el administrador de la agenda buscó algún otro cliente para el mismo horario. Encontró uno. Casualmente, con el mismo apellido del poeta. El protocolo, por supuesto, incluía informar al gerente del cambio, pero justo ese día se reventó un tubo en casa del de la agenda. Al salir a toda carrera notificó la novedad por correo electrónico y dejó encargado a alguien. El gerente no revisó correo, el encargado se embolató y nunca avisó.

Y así fue como la primera persona a quien intentaron venderle felicidad para su organización, sus empleados y clientes fue al representante legal del gremio donde confluían las funerarias más importantes del país.