miércoles, 5 de noviembre de 2025

Esquivando bichos y demás fauna

Arriba, de izquierda a derecha: Columbia livia, Turdus
fuscaster 
y Zenaida auriculata. Abajo: Canis lupus
familiaris, Bos taurus y Felis catus.

El hombre pedalea por alguna ciclorruta rodeada de pasto cuando aparece el primer bicho. Es un cucarrón volador, pequeño, color café claro. En segundos, los escarabajos se multiplican y durante algunos metros una nube de insectos se atraviesa en el camino. La colisión con algunos es inevitable. 

El Ciclonauta toma la única medida de seguridad posible, cierra la boca. Ya se ha encontrado antes con Clavipalpus ursinus. Ese insecto que durante ciertas temporadas se materializa en patota por las zonas verdes de la ciudad. Invasor anacrónico de la vía en octubre. Anacrónico porque le dicen cucarrón de mayo. Debe ser por el cambio climático, supone. 

No son los únicos representantes de la fauna local en plan de ocupar vías destinadas a biciusuarios (y, por cuenta de ley reciente, a ciclomotores y patinetas). Es bastante común encontrarse con Zenaida auriculata, Columbia livia y, ocasionalmente,Turdus fuscaster

A Zenaida la conocen mejor como torcaza o abuelita. Se ven como palomas cuando eran chiquitas con un característico color marrón. Pequeñas y ágiles, reaccionan rápido y despejan la vía, bien sea emprendiendo vuelo o pasándose a zona segura. Comportamiento similar es el de de Turdus o mirla patinaranja, más grande que la paloma. La paloma, por cierto, es otro cuento. La que los científicos llaman Columbia livia. Viene la bicicleta, no le importa. El Ciclonauta grita, no le importa. Se mueven con pasos torpes, sin dirección fija. Solo cuando el atropellamiento es inminente, se corren perezosamente para un lado (a veces).

Ellas lo tienen claro, el problema es del de la bicicleta.

Su comportamiento emula a otro invasor, prácticamente exclusivo de zonas rurales o semirrurales. La Bos taurus. No es solo con los ciclistas, sino con cualquier cosa que se mueva (desde patineta hasta tractomula) o ser viviente. Ella no se quita hasta cuando le da la gana. La diferencia es que una cosa es la media tonelada de carne, piel y huesos de la vaca, frente al frágil y ligero cuerpo cubierto de plumas de la paloma.

De vuelta a los entornos urbanos, el Ciclonauta vive encuentros recurrentes con el Canis lupus familiaris. Bien sea por su condición de callejero, o porque el humano encargado de cuidarlo ignora que ese cuidado incluye alejar al perro de calzadas, carreteras, ciclorrutas y similares, más de una vez se le han atravesado cuatro patas con cola batiente. Por suerte, lo que le falta de inteligencia al humano le sobra en reflejos y alerta al canino. Solo es cuestión de gritar o pitar para que se quite de en medio. De hecho, a veces ni siquiera hay que avisar.

Otros mamíferos urbanos, Rattus rattus y Felis catus, poco se ven en las ciclorrutas. Tanto ratas como gatos pasan a toda velocidad, las primeras en busca de algún recoveco oscuro donde ocultarse; y los segundos en busca de las primeras, de algún ave con mala suerte (con la que desahogarán sus instintos de cazador), o del humano que tienen y que los mantiene. Aquí el Ciclonauta es el encargado de los reflejos, necesarios para frenar, esquivar o cualquier otra reacción de emergencia.

La especie con la que es más complicado lidiar en la vía exclusiva para bicicletas (y similares) es una cuya capacidad de reacción da vergüenza. No escucha gritos, pitidos, advertencias amistosas o palabras neutrales. Y si oye,  muchas veces no le importa. En vez de despejar o, por lo menos, abrir paso, tiende a ignorar las advertencias o responder con sonidos que van desde la indolencia hasta la amenaza. 

Su nombre científico es homo sapiens.

miércoles, 29 de octubre de 2025

Crónica de un encuestador fracasado (1980)


Por cuenta de una feria de arte en las calles bogotanas, el autor de las Amilcaradas fue interceptado por dos jóvenes, estudiantes, él y ella, quienes le hicieron par preguntas acerca del tema. Luego de responder alguna barbaridad,  el sujeto evocó la poco exitosa experiencia que tuvo en su lejana juventud cuando le asignaron un ejercicio similar con fines académicos. Abajo, la crónica escrita en su momento.

Esto de ser estudiante de periodismo es algo de locos. Nos metemos a una carrera que no es rentable, donde nos presionan constantemente y fuera de eso nos toca salir a hacer el ridículo. Pero vamos por partes. Mi profesora de redacción es una mujer muy simpática a la que le fascina ponerlo a sufrir a uno. Por ejemplo, cuando le dio por enviarnos a hacer una encuesta. El día era maravilloso. El Sol brillaba y los buses pitaban (en Bogotá los pájaros no cantan). 

Acabábamos de llegar cuando mi maestra (con una curiosa sonrisa) nos ordenó dividirnos por equipos “Busquen un tema de actualidad, preparen una encuesta y aplíquensela a 20 personas”. Deseosos de lograr la máxima originalidad posible escogimos el tema de las elecciones. Hasta ese momento todo iba bien. Lo único fue que (tal vez por telepatía) todos los demás tuvieron la misma idea. Íbamos a poner una demanda por plagio cuando descubrimos el pequeño detalle: cinco grupos habían tenido la idea antes que nosotros. 

Frente a los hechos, nos quedaban dos posibilidades: cambiar el tema o buscar un enfoque original. La cara de apúrenle o se rajan de mi profesora nos hizo optar por la segunda. De manera que pensamos “bueno, no les preguntemos por quién sino por qué”. Mi maestra se nos acercó, escuchó, (siempre con esa sonrisa) y nos dijo “muy bien, público femenino, 20 por cabeza”. En ese momento yo me sentía digno de reemplazar al jefe del DANE. Salí y con tono grandilocuente y casi que despectivo le dije a mis compañeros: “Bueno, de aquí en adelante cada uno verá cómo se defiende”.

El primer sitio adonde entré fue a una agencia de servicio doméstico (*). Cuando asomé vi un grupo de mujeres sentadas con cara de yo no contesto encuestas, pero aun así opté por la más cercana. Era una señora de muchos años y no pocos kilos la cual reaccionó con sorpresa cuando hice la consabida introducción:

“Soy estudiante etc, etc, etc.., ¿podría contestarme unas preguntas?” “Yo no me meto en eso”, respondió, y me miró de tal manera que consideré prudente retirarme. Como la originalidad siempre ha sido mi obsesión, traté de meterme por calles donde no hubiera más encuestadores. Calles donde, por cierto, tampoco había gente. Opté por entrar a los almacenes y en el primero una niña muy simpática manifestó tanto su disposición como su imposibilidad de atenderme.

Al fin abordé a dos señoras, las cuales escucharon y respondieron muy bien. Animado por estos nuevos ánimos me sentí futuro ganador de premios de periodismo y me dirigí sonriente hacia una dama de pelo rubio. Ni siquiera pude saludarla, porque salió corriendo al verme.

Deduje que debía alejarme de ese lugar, ya que al parecer había exceso de encuestadores y encaminé mis pasos hacia otra calle. Encontré dos tipos de mujeres: quienes no tenían tiempo y quienes me vieron cara de hampón. Comencé a pensar seriamente en estudiar agronomía cuando vi venir par damas de aspecto muy educado. Y era verdad. Muy educadamente respondieron que estaban de afán. En ese momento mi cara asemejaba la de un esqueleto con dientes, debido a su gran alegría. Entonces decidí declararme derrotado y volver (con 3 encuestas) a enfrentar la triste realidad.

Yo pensaba que mis compañeros estaban en las mismas, pero pronto noté que por lo menos en eso iba a ser original. Cuando después de pensarlo 247 veces entre al salón y narré mi experiencia vi una conocida sonrisa retratada en la cara de mi maestra y, por primera vez, la entendí.

Traductor intergeneracional

(*)  En aquellos tiempos, las agencias de empleo especializadas en servicio doméstico funcionaban en vivo y en directo. Las aspirantes llegaban  a una casa u oficina y se sentaban a esperar. Las amas de casa y futuras patronas también iban al mismo sitio, escogían de acuerdo con sus intereses particulares, supongo que pagaban alguna tarifa y salían con la nueva empleada para la casa.