jueves, 29 de octubre de 2015

Cacarear 2.0


Hace miles de años, por razones que les dejo a los zoólogos y demás profesionales que sí saben de eso, algún antepasado del Gallus Gallus Domesticus, (hembra ella, para más señas) creó la Internet 2.0

No, no había redes sociales. No, no existía la WWW. No, no había radio, no había televisión, ni siquiera periódicos, Y la protagonista, por razones obvias, no era que tuviera muchos medios de expresión. Pero lo que hizo abrió el camino para lo que hoy en día se replica a través de millones de dispositivos entre computadores, tablets, teléfonos, televisores inteligentes, relojes y gafas. Cacarear

De ese histórico acto, cuya autora primigenia ha sido olvidada por la historia, queda un dicho popular que resume el estilo de vida del mundo moderno “lo importante no es poner huevos, sino cacarearlos”.

Los usuarios de la tecnología de información y comunicaciones no ponen huevos –creo– pero trabajan, se reúnen con amigos, recorren el mundo y recorren el barrio. Tienen hijos que nacen, crecen, cumplen años, hacen la primera comunión, desarrollan talentos, se gradúan como 20 veces y hacen monerías. Y siguiendo el ejemplo de nuestra gallina sus padres cacarean constantemente cada uno de estos momentos.

No es necesario aletear los brazos al ritmo del cocorocó. Miles de millones –un jurgo, mejor dicho- de textos, mensajes, fotos y videos en las plataformas le cuentan al mundo sobre rutinas, logros o gustos propios o familiares. Ahora, una cosa es contarle al mundo, y otra que el mundo haga caso. Lo que en un principio era divulgación de logros ha ido evolucionando a una competencia por acumular comentarios, “me gusta”, retuiteos, visitas, caritas felices o pulgares arriba. La meta es una sola: ser virales.

Eso de ser viral era como maluco hace años. Viral viene de virus, que suena a enfermedad contagiosa y epidemia. Pero ahora el sueño de cualquier usuario de redes sociales es competirle a los microbios. Que su mensaje, su foto, su video, se riegue por el mundo como la peste. Tener sus 15 minutos de fama (u 11, que es el promedio de un trending Topic en twitter (dato sacado de aquí, gracias Mario)

Ahora, hay gallinas que ponen y cacarean pero se dedican a otras cosas, mientras que otras necesitan que su ovíparo acto se difunda lo más posible para poder subsistir.  Aceptemos que este comportamiento es comprensible y necesario para quienes viven de un público como vendedores, polìticos, cantantes, actores y modelos. Pero en otro tipo de expresiones artísticas y laborales se supone que el huevo se defendía solo.

Ya no. Los escritores, directores de cine, escultores, pintores, teatreros, periodistas, fotógrafos, blogueros, médicos, investigadores, políticos, ingenieros, arquitectos y demás subespecies están obligados a armar tremenda bulla cada vez que producen algo y si la bulla incluye algún ingrediente escandaloso, preferiblemente sexual –un beso entre colegialas, bastante gente sexy medio empelota o una mujer desnuda sobre una bola de demolición– mucho mejor

Curioso mundo este donde todo el mundo quiere ser gallina.

Si no cacareas, no existes. 

martes, 27 de octubre de 2015

Invertir en el silencio


Por enésima vez, un vecino encara al joven. Por enésima vez, educadamente se le pide que baje el volumen de la música. Por enésima vez se le explica como el alto volumen afecta la calidad de vida, el sueño de la gente e incluso su salud. Y por enésima vez el interpelado, con su habitual desparpajo y su tono digamos, caribe, responde algo así como “pero vecino, no entiendo porque a ustedes no les gusta la alegría”.

Al igual que todos los residentes, el interlocutor de turno conoce la traducción: “voy a seguir oyendo música y solo la callaré si viene la Policia, aunque cuando esta se retire la música volverá”. El vecino pone cara de circunstancia, mira al joven directamente a los ojos y en tono solemne anuncia… “Yo no quería hacer esto, pero usted nos obligó”…

Y antes del desenlace, veamos los antecedentes. La mayoría de los habitantes del edificio son parejas cuyos hijos ya armaron su vida. La edificación pasó por etapa de niños, de adolescentes, de jóvenes y ahora está en etapa de adultos mayores.

Los adultos mayores prefieren la tranquilidad. La que reinó hasta cuando una familia compró apartamento para que su hijo estudiara en la capital. El joven resultó aficionado –como mostraba la evidencia de todos los fines de semana– a la música estridente hasta el amanecer, acompañado de amigos con gustos similares. Ahora, en honor a la justicia hay que decir que el hombre sería escandaloso, pero grosero no era. Ningún vecino o celador de los que se han turnado en hacerle el reclamo ha recibido respuestas agresivas o disonantes. Pero la música no baja.

Como las autoridades competentes solo solucionaban momentáneamente el problema, los vecinos, cansados, se reunieron en asamblea extraordinaria. Claro, había opciones legales que implicaban un buen pleito; largo, aburridor y costoso. Don Gómez, del 501, preguntó si se podía contactar a los propietarios del inmueble. La respuesta fue que los dueños, es decir los padres del joven, sencillamente no creyeron que su muchacho fuera tan irresponsable. Y Don Gómez no dijo más y durante unos días nadie lo vio por ahí.

Don Gómez, por cierto, parecía tener una posición económica bastante holgada. Él no hablaba mucho del tema con sus vecinos, aunque alguna vez soltó una máxima que resumía sus finanzas personales. “Plata invertida, pero bien”.

A propósito de Don Gómez, él es quien está frente a frente con el joven. El vecino es viejo, pero grande. Los amigos del joven acuden a  la puerta, porque perciben algo amenazante. Gómez,  con un movimiento rápido se corre hacia la derecha. Detrás de él aparece una mujer de edad indefinible, delgada, de aspecto frágil y rostro arrugado.  Minutos después los amigos del joven salen corriendo del apartamento para nunca volver. Y al interior solo se oye la cantaleta interminable de la señora, mientras que, de vez en cuando, el joven intenta intervenir, sin poder pasar de un “…pero mamá”.

Al día siguiente, en improvisada asamblea extraordinaria de vecinos el exrumbero pidió excusas, y se comprometió, lo que cumplió a cabalidad, a terminar sus jaranas semanales. Don Gómez no fue a la reunión. El viaje hasta el pueblo del joven, la búsqueda de su familia, la invitación a la capital para la madre, y la representación en la puerta del apartamento lo habían dejado cansado, y un poco menguado en sus ahorros.

Pero esa plata estuvo bien invertida.

jueves, 22 de octubre de 2015

Doña Tránsito no tiene la culpa


Esta es una típica historia de amor. Comienza con ese romance donde todo parece perfecto. Pero tarde o temprano alguna nube empaña el cielo azul de la pasión. Las nubes anuncian tormentas, lloviznas o, por lo menos, cambios en temperatura y visibilidad. Y el mundo almibarado de la pareja de turno comienza a tener sus gusticos amargos.

Los enamorados son Bogotá y su sistema de transporte público, Transmilenio. Los buses con carril exclusivo, paraderos fijos y tarjetas para pago de pasajes. Hace como 10 años, cuando el galán con ruedas llegó, la ciudad se rindió a sus pies y durante un breve periodo vivieron ese romance de película al que aludíamos en el primer párrafo.

No recordamos si los hechos ocurrieron durante la fase del feliz noviazgo, o cuando ya despuntaban los primeros problemas de pareja. Los buses del sistema no solo se mueven para transportar pasajeros. También deben hacerlo para trasladarse desde su parqueadero a donde comienza la ruta, para cuestiones técnico mecánicas, para cambiar de conductor, o por cualquier otra razón que debe ser completamente válida.

Cuando un bus en movimiento estaba fuera de servicio lo informaba a través de un letrero que decía, como no, fuera de servicio. Es la lógica de que en el baño de caballeros debe decir baño de caballeros; en la entrada, entrada, y en la entrada prohibida … prohibida la entrada.

Pero como en toda historia de amor, la lógica brilla por su ausencia. Aquí es donde entra la tercera persona, Tránsito. No la autoridad municipal de movilidad. Tampoco la “Actividad de personas y vehículos que pasan por una calle, una carretera (Drae, segunda acepción)”. Aludimos a las mujeres bautizadas con ese nombre que se refiere a la tradición católica de que la Virgen María hizo “tránsito” en cuerpo y alma al cielo.

Tránsito suena a mujer trabajadora. Y de la clase proletaria. Suele llevar un María –ver teología en párrafo anterior–. Difícil encontrar a Tránsito, candidata departamental al reinado nacional de la belleza; o a la doctora Tránsito, CEO o por lo menos vicepresidente de una multinacional. En cambio la señora Tránsito que labora en el servicio doméstico, tiene una peluquería, se dedica a la costura, presta servicios de enfermería a domicilio o atiende clientes en un almacén de telas suena más común.

Además, como no ocurre con su tocayo institucional, el nombre tiene un componente de eficiencia. Las historias de doña Tránsito solían ser positivas y elogiosas, hasta que a ese publicista, ese ingeniero, o a ese comité se le ocurrió la idea genial de reemplazar el letrero de “Fuera de servicio” por uno que dice “En tránsito”. Un ejemplo más de quienes creen que para solucionar un problema solo hay que cambiarle el nombre.

Hoy, estaciones abarrotadas en horas picos y buses tan demorados como llenos han convertido el romance inicial entre Bogotá y Transmilenio en un matrimonio por descarte. Hoy, cada vez que aparece –y es bastante seguido- un automotor con el consabido letrero el ciudadano no entiende, se exaspera, maldice, mira el reloj e interna o externamente desahoga todo su odio contra el sistema, la alcaldía, las autoridades y, sobre todo, contra ese bus que se dedica a pasear en vez de trabajar.

Tránsito se volvió sinónimo de la ineficiencia del sistema.

Doña Tránsito y sus demás tocayas no tienen la culpa. 


martes, 20 de octubre de 2015

Perdidos en el chaleco


Humberto es un tipo con suerte. En estos tiempos de desempleo él tiene tres puestos. Sí, tres. Claro que entre los tres a duras penas suma un poco más del mínimo, pero eso es otro cuento. El asunto es que este acaparador laboral ejerce simultáneamente como mensajero en una oficina de arquitectos, una concesionaria de carros y una agencia de chance.

El truco consiste en que como la ciudad es pequeña, las diligencias se suelen concentrar en el sector céntrico. Es más, muchas veces son en el mismo banco, la misma entidad estatal, o la misma cafetería. Además los horarios lo favorecen, pues los del chance inician labores a las ocho, la concesionaria abre a las nueve y los arquitectos llegan a sus oficinas hacia las 10.30.

Claro que su cómplice mayor es la tecnología. Los del chance le dieron celular, los de la concesionaria avantel y los arquitectos smartphone. Estos artilugios, además de convertir a Humberto en una especie de vitrina ambulante de sistemas de comunicación, le garantizan constante contacto con sus jefes sin necesidad de ir a la oficina.

El problema no es tener los aparatos. El problema es cargarlos, junto con la billetera, los esferos, el llavero, la pata de conejo, el monedero, el pañuelo, el maletín, el celular propio y los encargos de las secretarias. Inicialmente el equipo de comunicaciones iba dentro del maletín, pero la poca audibilidad amenazaba su estabilidad laboral. Luego optó por colocárselos en el cinturón, hasta que el peso excesivo le tumbó los pantalones en la fila del banco. Como trabaja en tierra caliente, el baño de sudor le hizo descartar desde la primera hora la idea de la chaqueta.

Fue precisamente ese día cuando pasó frente a la vitrina de los televisores y vio los chalecos de periodista. Originalmente concebidos para la pesca, no tienen mangas, pero en cambio abundan en bolsillos y cremalleras. Humberto vio en esa prenda la solución textil a sus angustias e invirtió en uno que contaba con 17 bolsillos distribuidos estratégicamente con sendas cremalleras.

Ahora, cuando suena un celular, mira el monedero. Recibe llamadas de avantel y contesta con la billetera. Trata de sacar monedas del otro celular para pagar el bus. Firma los cheques con las llaves y una vez iba a hacer una llamada con las medias veladas que le encargó la secretaria de la concesionaria.

Es que nunca, pero nunca, le acierta al bolsillo adecuado.

jueves, 15 de octubre de 2015

Cuestión de dignidad


Están ahí, parados en algún punto del centro comercial, al lado del teléfono, en la puerta del almacén, frente a la caseta de dulces, en la esquina suroriental del parque, sentados en la cafetería. Miran nerviosamente el reloj, y tratan de disimular su condición observando una vitrina, hojeando una revista, fumando un cigarrillo, consultando el teléfono o silbando despreocupadamente el tema de moda. Pero por más que lo intenten, es como si llevaran un letrero enorme en la frente: ME DEJARON PLANTADO.

Ya se pasaron los 10 minutos del trancón, los quince reglamentarios, la media hora de por ser a usted y la hora de por si acaso. Ya han observado detalladamente cuanto bus, buseta, taxi, o colectivo se ha detenido en tres cuadras a la redonda. Ya se hizo el repaso mental de las condiciones de la cita. Ya se verificó si esa era la esquina, el almacén, la caseta y la hora. Ya se intentó, - obviamente sin éxito - confirmar vía celular, whatsap, fijo, y... nada.

En ese momento ellos y ellas tratan de parecer normales. Pero saben que de todos los puntos cardinales miradas entre burlonas y compasivas los señalan. Saben que los tres viejos que toman cerveza en la tienda al aire libre cuchichean en voz baja sobre su suerte. Saben que la seriedad del policía de turno esconde una mueca burlona. Saben que el vendedor ambulante que les ha ofrecido tres veces una caja de chicles los tiene detectados

En ese momento ellos son los fracasados del mundo. Los que creyeron que eran importantes para esa persona. Los que consideraron que las sonrisas en la oficina, el colegio, la universidad eran algo más que mera cortesía. Los que vieron con el deseo un sentimiento inexistentes en quien no llegó. Los que caen una y otra vez en la misma ilusión fallida.

Y sin embargo esperarán hasta el último momento. Hasta cuando la calle se vaya quedando sola. Hasta cuando cierre la taquilla del cine. Hasta cuando el empleado de la cafetería les diga "Que pena pero vamos a cerrar". Y en ese momento, se levantarán despacio y sentirán deseos de gritarle al mundo que se acabó. Ya no más, Es suficiente. Es la última vez. Que se vaya para la....

Y cuando agarren a patadas al vendedor ambulante de los chicles, le rompan las botellas de cerveza a los viejitos en la cabeza o terminen en la permanente por echarle la madre al policía de turno tendrán sólo una explicación. Era cuestión de dignidad.

martes, 13 de octubre de 2015

Arroz chino, aguacates y ciclistas voladores


Es domingo. William no quiere salir y nadie en casa quiere cocinar. ¿La solución?  El hombre se manda la mano al dril y encarga un domicilio. Son las 12.30. del mediodía.

A esa hora, doña Marcia va hacia la tradicional reunión familiar. Ya compró los tres aguacates de siempre. La vía está solitaria y es de reconocer que se distrae un momento. Así que el alarido del ciclista asusta. Los aguacates van al piso. Atraídos por una fuerza invisible ruedan, ruedan y ruedan hasta caer dentro de una alcantarilla destapada.

Jairo ni siquiera se detiene a ver que pasa con la vieja. No escucha nada en sus audífonos de tortuga. Además su bicicleta tiene prioridad. Y afán, porque de nuevo va tarde a su trabajo como repartidor. Pero es la última vez. La cajera le pasa el dato. El Chino está cansado del incumplimiento y al final del día pagará lo pendiente y adiós.

Cuando doña Marcia llega, su hermano pregunta por los aguacates. Y en vez de la bolsa de siempre recibe un comentario hosco, en tono de molestia. Mala señal. Desde la infancia sabe que cuando a Marcia se le sale el mal genio, pasan unos cuantos días antes de que vuelva a su estado natural. Que lo digan sus ex maridos.

En cambio Jairo se molesta en cámara lenta. Primero es una rabiecita. Gana intensidad al empacar las cuatro porciones de arroz del primer pedido. Cuando sale para donde el cliente ha evolucionado a rencor y deseo de desquite.

William está seguro de que El Chino miente. Como así que el domicilio salió una hora antes. Ya casi son las 3.00 de la tarde, y todos están bravos y hambrientos. Mientras, Jairo y sus amigos disfrutan del arroz. La idea inicial era simplemente demorarse un poco, pero aparecieron los del parche y algo parecido a una sofisticada venganza tomó forma. El pedido nunca llegaría, el chino quedaría mal. Tal vez perdería clientes…

Lunes. William amanece envenenado después de haber tenido que salir a buscar pollo asado a las 4 de la tarde. Doña Marcia sigue brava por los aguacates. Pasa justo por la entrada del parqueadero cuando el carro está punto de ingresar y oye el pitazo. Reacciona. Voltea y le ladra algo al conductor. William insiste, pita de nuevo. Durante un par de minutos intercambia adjetivos con la señora atravesada hasta que ella le da paso y se aleja despacio, girando de vez en cuando para hacerle alguna observación poco agradable a su nuevo “amigo”.

El conductor responde con un par de “flores” verbales. En ese momento se entera de que por otra entrada del parqueadero alguien se apoderó del último cupo. La palanca de cambios pasa a reversa, el espejo retrovisor  muestra que no vienen carros y con un movimiento brusco retrocede buscando a la vía.

¡PUM! La bicicleta que viene por el andén golpea el automotor y el ciclista, con sus audífonos tipo tortuga, pasa volando por encima del baúl y cae al otro lado. El afán por llegar adonde El Chino antes de que este cumpliera su amenaza de llamar a la Policía, la salida intempestiva del vehículo y su despiste natural impiden que Jairo esquive el carro.


El informe de la aseguradora habló de lesiones personales en accidente de tránsito por imprudencia de los implicados. Y en ninguna parte se mencionó a los verdaderos culpables: cuatro cajas de arroz chino y tres aguacates, 

jueves, 8 de octubre de 2015

De profesión regañado


Pobre Pablo fue el nombre de una telenovela y pobre Pablo es una forma de describir la vida de un tocayo del principal divulgador de la doctrina católica. Este Pablo, pobrecito, acumula más regaños por minuto que chofer de bus varado en autopista. Y todo por el fin de la Guerra Fría.

Explicamos: antes, el mundo se dividía en dos. Comunistas y Capitalistas. Uno escogía -o le escogían- bando. Y ya. Todo terminaba inscrito en el conflicto bipolar.  Pero un día esa pelea se acabó. Lo malo es que eso de escoger bando les quedó gustando. Entonces, cualquier tema pasó a ser un asunto ideológico, de principios, religioso. Una verdad revelada donde se  descarta cualquier otra opción.

¿Y cómo entra Pablo en la ecuación? Pues él, inocentemente, cuando le preguntan su opinión, hace algo peligroso, temerario e irracional. Da su propia opinión.

Al hacerlo, ignora que en el mundo se han ido juntando quienes tienen intereses comunes que poco a poco se van convirtiendo en una especie de evangelio. Los que dividen a los humanos en dos grupos: ellos, los iluminados que, por ejemplo, usan la bicicleta por ser el medio idóneo de transporte, y los contaminadores egoístas que andan en carro. O los defensores de los animales, opuestos a los bárbaros que insisten en la tauromaquia, en los zoológicos, en comer carne o en ponerle bozal a un perro bravo.

Pablo no niega la validez de algunos de estos argumentos, a veces hasta los comparte. Pero para su interlocutor de turno, el que no esté con él 100 por ciento está equivocado. Elementos de juicio adicionales como la evidencia, la ciencia, la experiencia o lo que esté pasando frente a sus narices no importan. Ellos solo ven su parte de la historia.

Sin embargo, nuestro protagonista no se rinde. Y de forma desprevenida ha intentado justificarle una hamburguesa al amigo vegetariano. Se atrevió a sugerir que en la educación moderna falta un poco de disciplina para los niños. Saludó a todos los asistentes (no a todos y todas). Manifestó dudas frente a las ventajas que repiten a los cuatro vientos los pregoneros de las nuevas tecnologías (por cierto estos, a su vez, se subdividen en grupos enfrentados de acuerdo con las marcas).

Hay más. Alguna vez calificó de bueno eso de la ecología, pero sin exagerar. Cuestionó que su peso ideal dependa de una fórmula matemática invariable. Expresó escepticismo frente a las medicinas no tradicionales. Discutió el planteamiento neoliberal que ubica esta doctrina como la única opción. Opinó –horror– que el vino es una bebida para misas y ocasiones especiales.

Y fue como si activara una grabación. El otro lado de la conversación no lo bajó de cavernícola. Le regalaron una perorata interminable con palabras como responsabilidad social, derechos humanos –o animales-, innovación, emprendimiento, visión, y, como no “discurso retrógado y egoísta”.

Invariablemente el diálogo –que a esas alturas es un monólogo– termina igual. El regaño a Pablo por su “intransigencia” y por no respetar la diversidad, lo que para su interlocutor equivale a acogerse incondicionalmente a su punto de vista.

Ahí es cuando, de verdad,  hace falta una Guerra Fría.

martes, 6 de octubre de 2015

Actos obscenos


Si no hubiera sido por el jugo, el mal estado de la vía, los amortiguadores deficientes del bus y, sobre todo, por haber llegado al sitio correcto a la hora equivocada, Gabriel estaría por fuera de las estadísticas anuales de la Policía Nacional.

Nuestro hombre trabaja como técnico. Esa tarde, particularmente soleada, fue llamado para un servicio en ese barrio estrato alto construido sobre los cerros, adonde se llega en carro, en moto, o a pie, pero cansado y sudoroso. Ese fue el caso de Gabriel.

De entrada le ofrecieron un jugo de frutas recién preparado. Es más, dejaron la jarra por si quería más. La sed arreciaba y el contenido de la jarra desapareció. Culminado el trabajo pensó en pedir prestado el baño, pero le dio pena. Ese fue el primer error.

Ya había caído la noche cuando salió de la casa. Algo por allá adentro estaba pidiendo pista de salida, pero con niveles manejables. De manera que caminó como cuatro cuadras en bajada, llegó a la avenida, tomó su bus y se acomodó en la última fila.

Si bien había recorrido el mismo trayecto miles de veces, solo ese día se concientizó de la enorme cantidad de huecos, los cuales generaban múltiples y constantes saltos del bus, saltos que afectaban sobre todo al usuario del último puesto. O sea, a él.

Cada salto alborotaba la jarra de jugo que circulaba por su sistema de evacuación de líquidos. La solicitud de salida pasó a exigencia inaplazable. El hombre acudió a todos los trucos del manual. Respirar profundo, cruzar la pierna, pensar en otra cosa. Pero llegó el momento de tomar decisiones radicales.

No había centros comerciales o conocidos en la ruta. Las calles iluminadas atentaban contra la discreción necesaria para la evacuación. Sí existían parques, pero su espíritu cívico, más los deportistas y paseadores nocturnos de perros, actuaban como frenos. En medio de un sudor cada vez más frío su mente visualizó la locación salvadora. La zona verde ubicada al lado de la calle, detrás de una cancha de fútbol, que, según recordaba, carecía de iluminación y estaba cercada. De noche nadie iba por allá.

Era sencillo, bajarse del bus, caminar hasta la malla y hacer su diligencia. Y precisamente cuando estaba en esa parte, se hizo la luz.

Claro, él no tenía porque saber que justo esa noche inauguraban la iluminación de la cancha y que, como parte del espectáculo, todos los asistentes esperarían en silencio el encendido, ni que la portería sur –frente a la cerca– era el punto central del acto.

Sorprendido por la situación –como se pudo ver en los videos que circularon por redes sociales,¿mencioné que había televisión?–  su saco se enredó en el malla. Fueron pocos segundos, pero a él le parecieron horas mientras se zafó, guardó lo que había que guardar y tras unos cuantos fracasos logró poner la bragueta en su sitio.

A estas alturas la Policía intervino, y, para resumir el cuento, su implacable hoja de vida terminó manchada con una reseña que pasó a ser parte de las estadísticas anuales de la autoridad en el aparte  “Capturas in fraganti en actos obscenos”.


jueves, 1 de octubre de 2015

Una oferta que no pueden rechazar



Señores
Altos directivos, presidentes y representantes legales de los grandes clubes de fútbol de Europa.

Que tengan ustedes un buen día. Conocedor de la modalidad de contratación predominante entre ustedes para nosotros los colombianos, pongo a su consideración mi hoja de vida, confiado en que mis condiciones personales y profesionales sean adecuadas para satisfacer sus expectativas.

Aunque en la hoja de vida anexa detallo mi trayectoria laboral, anticipo que tengo gran experiencia en reemplazos, sustituciones, filas, esperas, contingencias y demás habilidades en las cuales, por lo que veo, el personal de origen colombiano goza de toda su confianza y favoritismo.

Aclaro que no aspiro a obtener las millonarias ganancias tasadas en euros que reciben nuestro futbolistas por ver los partidos desde la tribuna o la zona de reserva. Mis aspiraciones son muchísimo más modestas, con la ventaja adicional de que el trabajo que realizo no incluye la compra de derechos deportivos.

De hecho, estoy a su disposición para múltiples opciones Por ejemplo puedo ser el portero suplente. No el que cuida los tres palos, sino el que atiende la entrada de sus oficinas, o de la sede deportiva donde se realizan los entrenamientos.

Reconozco que ignoro si dicha plaza existe. Me atrevo a presumir lo siguiente. Al colombiano encargado de reemplazar a quien vigila una portería donde no hay nada de valor le pagan 740 millones de pesos. Entonces, por una centésima parte de ese valor, ustedes pueden tener otro colombiano para que le haga el relevo a quien cuida las instalaciones donde están, qué sé yo, los trofeos, los computadores, los muebles y otros activos. Seguridad ante todo.

También les informó que hace no mucho me tronché una pata, y aunque ya me recuperé médicamente,  aún no me muevo con la misma agilidad de antes de mi accidente. Y para aprovechar esta ventaja no es necesario que me den 500 millones de pesos mensuales. Mis tarifas son ridículamente bajas, y eso que yo pago mi propia ropa.

Para no extenderme, les expreso mi disposición para ponerme en contacto con ustedes por esta vía o por la que consideren conveniente. Solo quiero enfatizar otra competencia profesional, como son mis amplios conocimientos y experiencia en carpintería y/o ebanistería, tanto en la fabricación de muebles, como en su restauración y reparación.

Todo este conocimiento lo puedo aplicar en sillas, mesas y armarios. Pero lo más importante es que dispongo del  bagaje profesional para continuar con la tradición de las contrataciones colombianas en es pieza del mobiliario que, con contadas excepciones, parece ser una especie de patrimonio nacional en tierras europeas.

Me refiero, por supuesto, a la banca.